Girón reside en la colonia Flor del Campo de Tegucigalpa. Él estaba sumamente agotado tanto física como mentalmente tras cruzar México. No se sentía con fuerza para dar el paso que lo separaba de la “tierra prometida”.
“Estoy cansado, de verdad que está muy duro y les pido por favor que me entreguen a la ‘Migra’. Llévenme a la garita y llamen a los de la Border Patrol, así me regresan en avión. Ya no me da para andar pidiendo jalón en Agua Caliente, quiero llegar directo a Tegucigalpa”, pedía Girón.
Al hondureño se le explicó que su retorno con la Border Patrol no sería de inmediato, que tendría que permanecer en un centro de detención hasta que las autoridades definieran la fecha para regresar a Honduras y que lo más cercano era regresar a través del Instituto Nacional de Migración en México.
Girón no muy convencido aceptó las explicaciones y se fue a la central de buses para empezar su viaje de retorno a Honduras.
Más samaritanos
Los llaman los “ilegales”, pero para los miembros de la “Iniciativa Kino” son la “gente de Dios”.
Esta organización de los sacerdotes de la compañía de Jesús (Jesuitas) decidió comenzar una obra en la zona de Nogales, Sonora, en la casa de atención al migrante deportado conocido como “El Comedor”.
Buscaron el apoyo de otras organizaciones y ahora les ofrecen a los migrantes comida, ropa y apoyo pastoral. El grupo religioso no pudo ser indiferente al dolor y viendo las necesidades urgentes de los cientos de personas que llegan sin nada a la frontera, alquilaron además un departamento que se ubica cruzando la Para los migrantes, llegar a El Comedor es el consuelo, saben que es el lugar adonde tienen seguros dos tiempos de comida, ropa, zapatos y manos amigas. Al lugar llegan diariamente norteamericanos que se suman a la labor humanitaria.
Ellos destinan ocho horas de su tiempo y colaboran en la preparación de alimentos, atención médica y ayuda psicológica ante las situaciones que cada hombre, mujer y niño ha vivido en el camino.
El Comedor es el lugar adonde se evidencia la solidaridad, el humanismo, es donde no se ven fronteras, ni raza, ni color; todos se unen porque tienen en común el amor a sus semejantes ante el dolor que viven los migrantes en el camino.
La vida en “El Comedor”
En El Comedor el día empieza antes de las siete de la mañana. Antes de esa hora, los migrantes llegan por montones aguardando a que abran porque allí los atienden con una taza de café caliente, pan y los alimentos que les sirven para soportar un día de espera o de camino.
La mayoría llega sin un centavo, angustiados, desesperados, pero en el albergue logran alimentarse, tener ropa limpia, zapatos y sanar las heridas del alma y del cuerpo.
“El Comedor es el refugio y el lugar adonde estamos seguros. Es donde volvemos a tener esperanzas, aquí es donde entendemos que el ‘gringo’ no es malo del todo porque los vemos sufriendo con nosotros, llorando, limpiando nuestras heridas como si fueran nuestros padres. Me he conmovido porque no pensé que ellos tuvieran ese corazón con gente como nosotros que no saben ni quiénes somos, ni de dónde venimos”, manifestó Fredy Varela Medina, un migrante hondureño.
En El Comedor, los migrantes pueden estar de posada durante ocho días como máximo, luego tienen que definir si cruzan o se regresan a su país.
Shura, el ángel
Tiene 75 años y está llena de energía. Shura Willian destina sus horas de trabajo para aliviar el dolor de los que llegan sufriendo a El Comedor.
En su auto siempre anda ropa y alimentos para los migrantes. Con un ánimo excepcional, la jovial mujer siempre atiende a los que migran con una sonrisa dibujada en su rostro.
Shura es parte del equipo que brinda asistencia humanitaria a los “mojados”. Por lo general recorre todo el centro.
Justo cuando Shura guiaba un recorrido por la clínica del centro, un hondureño era curado de las llagas que le causó el largo caminar.
Wilfredo Romero no hablaba por el dolor, pero alcanzó a decir que era de Tegucigalpa.
Al ver al equipo de LA PRENSA sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a llorar desconsolado.
Shura se arrodilló y abrazó al joven de 24 años que en medio de su dolor no hallaba consuelo.
“Me vine porque los cuatro mil lempiras que ganaba recogiendo basura no me alcanzaban. Tengo dos hijos, pero mi niña, mi chiquita de dos años se me murió cuando venía para la frontera y es un dolor que no puedo superar”, narraba ahogado en llanto. Su historia era una de tantas que a diario se repiten en El Comedor.