Salvemos el valle: Precaria situación en la Jerusalén

Óscar Castro, Jennifer Guevara y su hijo Josué Samir sobreviven en una tienda de acampar porque su casa la destruyó el río Chamelecón.

Los pobladores de este sector sufren los estragos de las inundaciones.
Los pobladores de este sector sufren los estragos de las inundaciones. /

La Lima, Honduras.

A Jennifer Guevara (de 34 años), a cinco meses de Eta y Iota, no le queda nada más que un caballo y una tienda de acampar que utiliza para protegerse del sol y la lluvia en la colonia San Cristóbal, de La Lima.

La limeña instaló esta estructura donada por el Gobierno de Japón en el terreno adonde estaba su casa, la cual fue destruida por la inundación del río Chamelecón por el rompimiento de un bordo a unos cuantos metros.

En ese pequeña tienda, adonde solo tiene una cama y una mesa vieja, conviven con ella su esposo Óscar Castro Hernández (de 34) y su hijo Josué Samir Paz (de 17).

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Esta familia antes de las tormentas se dedicaba a vender frutas y verduras en la colonia Jerusalén y alrededores utilizando su carreta de madera y dos caballos. La tormenta Eta los tomó por sorpresa y esa noche solo pudieron llevar un caballo a la carreta mientras sus artículos del hogar fueron arrastrados y el otro caballo se ahogó.

Durante dos meses vivieron en el bulevar de este: dormían debajo de la carreta y un toldo y comían por donaciones de hondureños solidarios.

En enero de 2021 regresaron a la colonia para encontrar un terreno cubierto de lodo y desperdicios; sin embargo, al no contar con dinero para construir una casa y volver a comprar verduras y frutas instalaron esa tienda de acampar en la que hasta el día de hoy permanecen.

“Nosotros perdimos todo, nunca pensamos que la llena iba a llegar acá. Convivimos en esta tienda de acampar porque no nos hemos podido recuperar aún, solo tenemos una cama.

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Nosotros vendemos frutas y verduras en la zona, pero aparte de que perdimos el capital para invertir, también las calles estaban dañadas y tampoco hubiéramos podido seguir vendiendo. Hemos recibido artículos de uso personal, pero no hemos tenido ayuda mayor, y pedimos al Gobierno que ayude con un programa de reconstrucción de viviendas”, dijo.

Sin comer

A unos cuantos metros, en esa comunidad situada al fondo de la colonia Jerusalén, sobreviven vendiendo tortillas Dionisio Barahona (de 63) y su esposa Norma Hernández ( de 57). Esta pareja perdió todo los artículos de su hogar por las llenas, y su casa tiene graves daños estructurales.

Luego de vivir dos meses en el bulevar regresaron a su casa y, para poder comer, optaron por vender tortillas, ya que no tienen opciones de encontrar empleo. Sin embargo, aún con ese pequeño negocio familiar “hay días en los que no hay para comer, y para dónde nos hacemos”.

“Yo siempre me he dedicado a la agricultura y vendía bolsas de café. La gente de la comunidad está bastante afectada. Estamos en una gran pobreza que nunca habíamos visto”, agregó Barahona.

Roger Arriaga (de 39) reside en el fondo de la Jerusalén en un sector junto al bordo denominado Guaymuras.

Ahí el río devastó la zona, y aunque el Gobierno en parte ha reparado las calles de acceso, las viviendas sufrieron daños y otras fueron destruidas. Arriaga tenía una pulpería y para ponerla de nuevo en funcionamiento tuvo que buscar un préstamo, pero no ha podido habilitar nuevamente los cuartos en su propiedad y la capa de lodo sigue presente en el patio.

“Creo que no es justo porque para que se haga la reparación de las calles hemos tenido que pagar. Entre los vecinos compramos el material para rellenar, pagamos 500 lempiras por volqueta y solo así la maquinaria del Estado procede a reparar la calle”, dijo Arriaga.

Francisco Mejía es otro vecino afectado en Guaymuras y le mostró a LA PRENSA los daños estructurales y falta de láminas en el techo de su casa.

“Vemos la forma de comer día a día, pero no tenemos forma alguna de obtener recursos para reparar las casas. Le pedimos al Gobierno que implemente un programa de reconstrucción de viviendas”, dijo.

En la casa de enfrente, Sara Martínez Coto (de 68) también optó por “echar” tortillas en la casa de su nieta porque está en una situación de “lipidia” y debe ver cómo comer.

“Hago esto porque yo ya no tengo opciones de encontrar empleo. Yo perdí todo en mi casa. Siento que a cinco meses de las llenas la situación es muy difícil, mi nieta Nadia Martínez anda buscando empleo, pedimos ayuda del Gobierno para reconstruir”, finalizó.

La Prensa