Los hondureños recordamos, no sin cierta tristeza y vergüenza, cómo, por mucho tiempo, desde fuera del país se referían a nuestros procesos electorales como “elecciones estilo Honduras”. Con ese mote se calificaba a unas elecciones poco transparentes, usualmente amañadas, en las que un candidato ganaba limpiamente las elecciones, pero el del otro partido terminaba en la Presidencia de la república. Durante varias décadas, la gente se acercaba a las urnas con miedo y desconfianza, a sabiendas que difícilmente se respetaría la voluntad popular o que, en cuestión de meses, el Gobierno iba a resultar depuesto, ya que no se sometía a los intereses de distintas fuentes de poder.

Con el retorno a la democracia, a principios de los años ochenta del siglo pasado, se quiso plantear un nuevo modelo de convivencia política; se permitió la formación e inscripción de otros partidos, además de los dos tradicionales y, más importante aún, se hizo realidad la alternancia en el poder; la elección de diputados de manera individual, y no en una lista amarrada al candidato presidencial; se colocó la foto de cada uno de los candidatos a los distintos cargos sujetos a elección popular, y el miedo a los períodos electorales o poselectorales desapareció entre la población, que veía, con naturalidad, cómo los dos grandes partidos históricos, no obstante, los grandes retos que tenían ante ellos procuraban hacer lo mejor para el país. Todo parecía indicar que estábamos en la ruta de la modernidad en cuanto a procesos electorales, que la democracia se fortalecía y que se estaba generando una cultura de respeto a la opinión contraria y de honestidad y transparencia. El traspié de 2009 complicó el panorama. Sin embargo, se pensó que con la elección del presidente Lobo y la fundación del partido Libre se recuperaría la fluidez en la alternancia en el poder y se aseguraría la paz social. Desafortunadamente, las elecciones generales de 2017, por motivos que exigen un análisis que supera este espacio editorial, generaron una crisis que no se ha logrado superar plenamente. Durante varios días, el país se vio envuelto en actos de violencia, vandalismo e incluso pérdida de valiosas vidas humanas, que sentaron un penoso precedente, que todavía pende como una sombra nefasta sobre la conciencia colectiva.

En esta ocasión, a escasos días del proceso electoral general, los líderes de los partidos políticos en contienda, sobre todo de los tres que aglutinan a la gran mayoría de los votantes, deben asegurarse de que lo de 2017 no se repita y que los nuevos votantes se sientan partícipes de un proceso ejemplar para que tengan fe en las instituciones republicanas y quieran vivir y trabajar en este país.