¿Y lo nuestro? La pregunta no es por egoísmo o miopía, sino que hablar de agenda genera una connotación nacional centrada en políticas del Gobierno central, pero relegando la visión de gobiernos locales que van navegando no siempre a la misma velocidad o con suficientes recursos para no retroceder, sino avanzar en calidad de vida, en prosperidad en los municipios como beneficio para todos los hondureños.

Al señalar “lo nuestro” lo hacemos con dimensión de todos, pero propulsando la prosperidad y modernidad en cada municipio, generalmente administrados, con escasez de recursos, hacia “obritas” de hoy porque no hay para más. El ejemplo más claro se halla en San Pedro Sula, donde no se han tocado graves problemas y hasta ahora no hay muestras de interés para enfrentarlos.

El primero quedó nuevamente en evidencia en estos días con el siniestro causado por un incendio en el centro mismo de la ciudad, tres cuadras del parque central y dos de la catedral. Los puestos de ventas en las calles del sector sureste constituyen un gran peligro para pequeños empresarios emprendedores, para la viabilidad de vehículos y para la población. La miopía o ceguera quizás subvencionada de quienes aprobaron en pocas cuadras tres grandes mercados. Medina Concepción, El Rápido y el Dandy crearon un gran espacio en el que, a través de los años, surgió el megamercado en manos exclusivas de vendedores.

La concentración de obras en beneficio de la circulación de vehículos cerró oportunidades a otras que por décadas demanda el aumento poblacional e identificadas en el Plan Maestro de Desarrollo Municipal. Veremos si los mercados zonales verticales, dicen las próximas autoridades municipales, contribuyen a la seguridad en el trabajo de miles de personas y a la imagen de la Capital Industrial.

El segundo de los grandes desafíos constituye también un problema de décadas que no entra en visiones miopes por no tener conciencia del valor de la defensa del ambiente para la calidad de vida o por manejo de intereses en la administración municipal. Nos referimos a las cloacas a cielo abierto que recorren la ciudad y a los grandes vertederos que llegan al valle y desembocan en el Caribe.

La ciudad de crecimiento modélico hace medio siglo ha sido incapaz de construir plantas de tratamientos de aguas servidas y ejercer estricto control sobre el agua y su vertido. Claro que, si en los últimos años han ido cayendo árboles para crear espacio al cemento, nada extraño que las políticas en defensa del ambiente sean relegadas y el seudoprogreso se lleve por delante la gran riqueza natural del valle de Sula y la cordillera de El Merendón.