Uno de los directivos del Consejo Hondureño de la Empresa Privada señalaba recientemente que la economía hondureña no resistiría una nueva crisis y que era necesario que los protagonistas del panorama político nacional actuaran con cordura y madurez de cara a las elecciones de noviembre próximo. Porque el país no está para soportar nuevos obstáculos al proceso productivo, y ya bastante tenemos con la pandemia y con los fenómenos naturales que nos azotan de cuando en cuando.

Y nada más cierto. Si los hondureños no somos capaces de actuar con responsabilidad, con seriedad, si no estamos dispuestos a poner los intereses de la patria por encima de los nuestros, si no establecemos, de una vez por todas, un diálogo amplio y sincero, no superficial ni manipulado, Honduras continuará a la deriva y los problemas de fondo que nos aquejan continuarán sin resolverse.

Además, según las últimas encuestas, el panorama político es claro: más del 40% de la población no se declara simpatizante de ningún partido de los 14 existentes. Eso implica que las simpatías de alrededor del 60% restante se distribuye entre estas 14 fuerzas políticas. De ellas, 4 recogen el mayor caudal de votantes. Por lo tanto, el partido que gane las elecciones contará con un 15 o 20 por ciento de apoyo entre los votantes, lo que, indudablemente, provocará que, a partir de enero de 2022, vayamos a tener un Gobierno con un respaldo insuficiente para garantizar la gobernabilidad del país y para desarrollar un proyecto común que nos saque de la situación calamitosa en la que estamos.

De ahí el título de este editorial. Hoy más que nunca, tanto antes como después del 28 de noviembre, debe generarse el clima para un diálogo amplio y sincero, para que los hondureños, codo a codo, sin propiciar enfrentamientos y desconfianzas, nos pongamos de acuerdo sobre la manera en cómo vamos a sacar adelante a este país. Las actitudes hostiles, confrontativas, las que no hacen más que ampliar las brechas que ya existen en la sociedad hondureña, deben deponerse. Tenemos pandemia para rato y un territorio cada vez más vulnerable a las inclemencias del clima producto del cambio climático. Si, encima, nos dedicamos a hacernos la guerra los unos a los otros, nadie detendrá las caravanas ni convencerá a los que viven fuera para que regresen a trabajar por Honduras.