09/08/2022
11:30 AM

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Círculo perverso

    En estas semanas se han publicado dos listas donde Honduras, por desgracia, ocupa los primeros lugares: el ranking de países latinoamericanos con la tasa más alta de homicidios y como el segundo más pobre del hemisferio occidental.

    Y aunque son estudios de diferentes organizaciones, no hay duda de que la pobreza es el material fértil que fomenta al crimen organizado para que se fortalezca y aumente la cantidad de asesinatos.

    En este país, la tasa de homicidios por 100,000 habitantes fue de 36.33 en 2020, y es cuarta -después de Jamaica, Trinidad y Tobago y El Salvador- en esta última lista de países sacudidos por los índices de homicidios más elevados, según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito.

    Estamos muy por encima de México, que ocupa el sexto lugar; de Guatemala, que con 26.04 homicidios por cada 100,000 habitantes está en el octavo sitio, y lejos de Colombia, con una tasa de 22.64. Los expertos culpan a la droga, a la consolidación de narcotraficantes y al creciente fenómeno de las maras y las pandillas, que siguen dominando territorios y vidas de inocentes.

    Porque asesinar es una de las medidas de presión para perpetuar sus lucrativos negocios. Nos golpea también la otra lista, la divulgada por el Banco Mundial, que sigue colocando a Honduras como el segundo país más pobre del hemisferio occidental, a pesar de que, según el mismo estudio, esta nación goza de “un gran potencial de inversión, con amplios recursos productivos, una base industrial sólida, una agenda de reformas orientada al mercado, una ubicación estratégica con acceso a muchos mercados internacionales y una fuerza laboral en crecimiento”.

    ¿Y por qué seguimos hundidos en la penuria? Para empezar, los malos Gobiernos con una ineficiente gestión de la inversión pública y una abrumadora habilidad para robar, que va a continuar mientras no tengamos la transparencia en los manejos de los dineros del Estado y no se reformen las penas por delitos de corrupción en el Código Penal, el “código de la impunidad”.

    Hay que atacar de raíz la corrupción y la ausencia de castigo con acciones, no con más discursos y frases trilladas en las redes sociales.

    Para avanzar, también deben revisarse los requisitos que limitan el acceso a oportunidades y atender la alta tasa de informalidad, la vulnerabilidad a impactos externos, como los desastres naturales; reflexionar sobre la inestabilidad y el entorno político y económico débiles que detienen el desarrollo y perpetúan la miseria, señala el estudio.

    El lento crecimiento, impunidad y corrupción exacerban el crimen, contribuyen a la pobreza estructural e incentivan la migración. Ese es el círculo perverso que debemos comenzar a romper.