La soberanía como preocupación vital

Hemos celebrado, el pasado martes 20, la memoria del cacique Lempira.

El ya fallecido historiógrafo comayagüense Mario Felipe Martínez Castillo, luego de investigar en el Archivo de Indias de Sevilla, concluyó que, según las fuentes más confiables, la existencia de este protohondureño estaba históricamente demostrada, aunque su nombre verdadero era Elampira, y que su muerte había sido mucho menos romántica que la que se nos enseñó en la escuela, ya que, en realidad, murió en una batalla cuerpo a cuerpo y no asesinado a traición desde la grupa de un caballo por un soldado escondido tras un jinete principal.

Pero, independientemente de controversias históricas, porque el relato hasta ahora oficial también fue tomado de una crónica de la época, lo importante es que la figura de Lempira ha sido siempre considerada como un símbolo de resistencia y de defensa de la soberanía nacional. Se ubica, por lo anterior, en la categoría de otros habitantes originarios de la región que se opusieron por medio de las armas a la ocupación europea, como el guatemalteco Tecún Umán o el salvadoreño Atlacatl.

Y es que todo hondureño que se precie de amar a su patria debe tener como preocupación vital la defensa de la soberanía y de la integridad nacional. Si el patriotismo es el valor que nos enseña a amar con predilección la tierra que nos vio nacer, comprende, también, la responsabilidad de velar para que los que vivimos en esa tierra seamos dueños de su destino y no permitamos que el destino de la patria sea determinado por fuerzas extranjeras o responda a intereses extraños.

Claro, esa preocupación por la soberanía obliga a comprometerse con el desarrollo integral del país y de cada uno de los conciudadanos que viven en él, ya que solo se puede ser soberano si no hay una necesaria dependencia de otros Estados por razones económicas e, incluso, ideológicas o políticas.

La imagen de Lempira, que, además de lucir en el billete de más baja denominación y de haber perdido su brillo por su carácter de moneda de intercambio, se yergue en muchas plazas públicas de nuestra nación, y cada vez que nuestra vista se tope con ella, debe resonar en nuestra conciencia el reclamo de este indígena lenca, que estuvo dispuesto a ofrendar su vida para evitar el dominio extranjero.

Hoy, que nos hemos convertido en una nación multiétnica, no podemos ya abjurar de nuestra herencia europea, pero sí reconocer los méritos de aquellos primeros que tuvieron sentido de soberanía nacional y que batallaron por ella.