Independencia de poderes

La independencia de poderes es una cualidad indispensable de cualquier democracia que se precie de serlo. En un sistema democrático maduro resulta inimaginable la supeditación de un poder a otro. De hecho, es la independencia de poderes, ese juego de pesos y contrapesos que, en una dinámica armónica, evita que uno aplaste al otro, la que mejor manifiesta la salud de una democracia vibrante.

En el mundo occidental, el ejemplo más claro ha sido, hasta ahora, el sistema estadounidense de gobierno: un Legislativo totalmente independiente, que es capaz de alinearse y desalinearse del Ejecutivo, incluso si es de propio partido, según se consideren buenas o no sus disposiciones, y un Poder Judicial conformado por unos jueces nombrados de manera vitalicia, de manera que no se sienten comprometidos a quedar bien con nadie y mucho menos obligados a cumplir órdenes.

Lo anterior ha logrado que, incluso en los momentos más complejos, como los recientemente acontecidos, haya mostrado su imparcialidad y su plena objetividad e independencia.

En el caso centroamericano hay, todavía, un largo camino por recorrer.

Si examinamos la realidad en cada uno de los países, tal vez Costa Rica salga medianamente bien librada. En el resto, Honduras incluida, la independencia de poderes continúa siendo una aspiración, y aunque en teoría se han generado los mecanismos para evitar los nombramientos de dedo o la politización de algo tan delicado como la justicia, no se ha logrado dar un paso decisivo y continúan pesando muchas dudas sobre la trasparencia con que se manejan los procesos relacionados con la elección de jueces, fiscales y magistrados.

Lo que acaba de suceder en El Salvador, más que para meternos a jueces de la nación vecina, debe llevar a la clase política hondureña, y a la ciudadanía en general, a reflexionar sobre las consecuencias que la concentración de poder en manos de una sola persona, o un grupo reducido, puede causar en la sociedad.

La pérdida de confianza de la población en sus líderes o la desafección hacia sus dirigentes genera indiferencia en el presente, y falta de interés en el futuro. Y eso es peligroso,
es antidemocrático que en un país se imponga una sola forma de pensar, un solo criterio, y que se desprecie el de los demás. Con ese tipo de conductas solo pueden estar de acuerdo las tiranías y los gobiernos autocráticos.

Habrá ahora que permanecer vigilantes y esperar que, luego de tantos años de luto y sufrimiento, nuestros hermanos salvadoreños no vayan a verse de nuevo enfrentados entre sí o vayan a ver menoscabada la libertad y la democracia que tanto les ha costado.