Viernes Santo

Como despertar de los mejores sentimientos califica el obispo sampedrano Ángel Garachana el comportamiento de numerosos hondureños, particularmente de los profesionales de la Salud y de los miembros de numerosas familias, quienes entienden que la salud de cada uno es la de todos y el ingreso del virus en la burbuja familiar es invasión mortal que hay que impedir por todos los medios; aunque para ello es sacrificado y muy cuesta arriba el confinamiento.

Viernes Santo, jornada repleta de religiosidad y tradiciones que, por segunda vez, se vive con plenitud en los templos y, con la mirada de fe y esperanza, podemos ver al Cristo en su camino hacia el Calvario en los enfermos y en la angustia familiar por la tragedia que les rodea. Cristos vivientes en meses de pandemia.

Pero también semilla de vida y resurrección en la entrega de médicos, enfermeras, técnicos y personal auxiliar del sistema sanitario. Ellos no solo están ahí. Exponen su vida diariamente y con demasiada frecuencia cargan la cruz del dolor y la desesperación del enfermo en la unidad de cuidados intensivos y los familiares que esperan su regreso. El dolor que llena sus miradas es la angustia desesperante del grito en la cruz: “¡Dios mío por qué me has desamparado!”

La conmemoración de este día, Viernes Santo, es de celebraciones litúrgicas con mayor raigambre y tradición en la comunidad cristiana.

El viacrucis en la mañana temprano; las Sietes Palabras, aquel concentrado testamento en la cruz; la liturgia, la única en el año en que no se celebraba eucaristía y a la caída de la noche acompañamiento en el Santo Entierro al que sigue el gran silencio, el recogimiento hasta que en la vigilia pascual sea proclamado el núcleo del Evangelio: “No está aquí, ha resucitado”.

Jornada sentida en el recuerdo y vivida en la fe porque el camino de cruz es la ruta de supervivencia para muchos hondureños asediados por la violencia, aplastados por la pobreza, ilusionados desde hace meses mientras el cáncer de la corrupción avanza, el tortuguismo en el sector oficial desespera y aumenta el alto nivel de incertidumbre y temor en unas elecciones cuya víspera ya mostró las previsiones.

La dimensión de eternidad, “donde esté yo estarán también ustedes”, proyecta hacia ese horizonte, meta que, si se oscurece con el dolor, sufrimiento y muerte, recobra su esplendor al escuchar la invitación y la promesa: “Vengan a mí lon que están cansados de sus trabajos y cargas y yo los aliviaré”.