La noble actividad política

Si la actividad política se entiende como el arte y la ciencia de buscar soluciones viables a los problemas que enfrenta una sociedad, de más está afirmar que es un más que noble. La nobleza de la política deviene de su preocupación por la consecución del bien común, entendido este como el estado de cosas en el que el ciudadano puede satisfacer sus necesidades materiales y espirituales.

No obstante, aquí y casi en el mundo entero, muchos de los que se dedican a tan noble labor, parece que no han terminado de entender el fin original y verdadero de la conquista del poder de un Estado. Porque el político que ha sido capaz de entender la razón primigenia de su actividad, buscará ese acceso al poder para poner toda su inteligencia y toda su voluntad al servicio de aquellos que han hecho posible que llegue a ocupar cualquier cargo de responsabilidad, ya sea en el plano legislativo o en un gobierno local o en uno de dimensión nacional.

En el caso de Honduras, los partidos políticos más importantes cuentan con escuelas de capacitación, incluso respaldadas por entidades de dimensión internacional que buscan apoyar la cultura democrática a nivel global. Faltaría ver el efecto que ha tenido la formación recibida en aquellos que la han recibido. Porque, como en tantos aspectos de la vida social, una cosa es la teoría y otra la práctica.

Sucede, además, que en la actividad política hay dos tipos de protagonismo. Uno, el de los que deciden saltar a la palestra y optar por un cargo público, y, otro, el de la ciudadanía que, con su voto, apoya o desestima las propuestas del primero. Para que ese coprotagonismo sea dinámico y efectivo debe producirse una sinergia constructiva entre ambos.

Pero eso solo puede darse si el primer protagonista se acerca al segundo con sinceridad, sin ases bajo la manga, con rectitud de intención y busca interpretar acertadamente las aspiraciones del segundo. Y, por supuesto, es indispensable que el votante se mantenga vigilante y se asegure que las promesas que se le han hecho se conviertan en realidades y, claro, a mantener el apoyo o dar la espalda a aquel o aquellos cuyos discursos se quedaron en palabras.

Así, la nobleza de la actividad política se mantendrá y no se convertirá, como podría ser, una suerte de pesca de incautos en tiempos de campaña, para luego olvidarse de ellos y dedicarse a trabajar por el propio beneficio y nunca por el de los votantes.