A la baja

Concluíamos el viernes haciendo referencia a los de la “bulla y la cabuya”, después de resaltar anteriormente la necesidad en la población de tener, por lo menos, dos dedos de frente y reconocer el profesionalismo del personal sanitario. Ahora, con documentación reciente, nos referimos a este tercer y también fundamental elemento, que es, sin duda, la mayor debilidad en la lucha contra la pandemia y en los esfuerzos para la recuperación de los desastres producto de fenómenos naturales.

Transparencia y corrupción siguen golpeando la vida de los hondureños aún, desgraciadamente sobre todo al amparo de la emergencia, que debiera ser considerada como factor agravante en los casos de corrupción. Resulta lo contrario, de tal manera que las “uñas largas” se esconden y sin palabras, pero con el escrito de supuesta inocencia en el rostro podemos adivinar el “yo no fui”.

Los ejemplos están a la orden del día. Los casos atascados, la documentación que sirve de base para el sostenimiento de los casos es buscada con lupa, pero antes hay que ir despejando el camino, como si los funcionarios fueran los dueños de ellas, aunque los hechos que reflejan en los papeles evidencian que sí se consideraron y actuaron como amos de los recursos.

El reciente informe del Índice de Percepción de Corrupción (IPC) muestra el descenso, que coloca a nuestro país en el número 157 de 180 países incluidos en la evaluación. Duele mucho más y es altamente vergonzoso que la grave crisis haya sido utilizada para el movimiento de “ratas”, cuyas acciones contribuyen a las tragedias de la pandemia y al disparo de pobreza, sin que haya “castigo agravado” por ser durante una emergencia.

La debilidad en la lucha contra la corrupción y sorpresivos sobreseimientos han acentuado el bajo nivel de credibilidad en la ciudadanía y ha aumentado la impunidad e invitación a delinquir, con ausencia de valores éticos y morales. El informe del IPC señala los sobreprecios en el material sanitario y los contratos más que opacos, muy oscuros y a la velocidad de la luz, de los siete hospitales. En la última década, no solo en estos meses de emergencia, los corruptos han estado como en casa y el retroceso es más que evidente, reflejado en la caída de la clasificación mundial. Beneficiar la impunidad es abrir más las puertas a la corrupción y asfixiar el escaso espacio de la transparencia. En la lucha contra la corrupción debiera haber emergencia: drásticas, inmediatas y ejemplares decisiones, aunque aquello del “paredón” haya desaparecido.