Mientras llega la vacuna

Honduras está terminando enero como todos temíamos, pero no queríamos aceptar: con una curva de contagios de covid-19 en ascenso y con un considerable incremento en el número de fallecidos a causa de la enfermedad. El relajamiento de buena parte de la población respecto a las medidas básicas de bioseguridad a tomar para evitar el virus y las fiestas decembrinas nos tienen en una situación que en algunas zonas del país es mucho más que crítica. Hemos vuelto a los niveles de contagio y mortalidad que padecimos a mediados del año pasado, si no es que más allá. Además, algo que preocupa, el promedio de edades de los fallecidos ha ido a la baja; es decir, están muriendo hombres y mujeres relativamente jóvenes y con un pronóstico de recuperación en principio favorable.

La luz al final del túnel continúa siendo cualquiera de las vacunas que, en otros países, algunos tan cercanos como Costa Rica o Panamá, han comenzado a aplicarse para inmunizar a la población. Los expertos nacionales y extranjeros han señalado, por cierto, que la vacuna no va a resolver los problemas de manera inmediata y que todavía le quedan, al mundo entero, unos meses de sufrimiento y dolor inimaginables hace apenas poco más de un año.

De acuerdo con las autoridades de Salud y otras entidades involucradas en la adquisición de la vacuna para los hondureños, esta podría estar disponible hasta para el próximo marzo. De modo que el febrero que se avecina debe convertirse en un período en el que deben extremarse las precauciones, intensificar las campañas para concientizar a la población sobre los riesgos que contrae el contagio y hacer un permanente llamado a la responsabilidad de cada uno de los ciudadanos.

Es natural que los hondureños hayan dado muestras de cansancio y hayan comenzado a descuidar las normas básicas de protección que se nos repitieron, hasta la saciedad, desde el principio. También resulta natural que ante cierta estabilización generada gracias a las medidas que se habían tomado se haya producido un exceso de confianza. Y, también, era de esperar que durante Navidad y Año Nuevo las costumbres centenarias iban a mantenerse y que las reuniones familiares iban a repetirse.

Y bien, ahora enfrentamos una segunda ola, una ola que habrá que enfrentar con suma responsabilidad, tanto las autoridades sanitarias, poniendo al alcance de la población todos los recursos de que disponga para atender la emergencia, como la ciudadanía, tomando muy en serio la situación y evitando correr riesgos innecesarios.