Daños a la democracia

Las surrealistas escenas, para llamarlas de algún modo, que el mundo entero contempló asombrado la semana pasada, cuando un grupo de simpatizantes del presidente Trump asaltaba el Congreso de los Estados Unidos, han servido para entender cómo la terquedad y la incapacidad de reconocer la posibilidad de ser derrotado en un proceso electoral puede causar enormes daños a la imagen del sistema político democrático mejor consolidado del globo.

El daño se ha causado hacia afuera y ha envalentonado a los regímenes autoritarios del planeta, que se han mofado de la democracia representativa, y hacia el interior del país que ha sido hasta ahora, y seguramente continuará siendo, el primer referente en cuanto a respeto a las instituciones y a la independencia de poderes.

Esta crisis, por cierto, ha demostrado la resiliencia del sistema democrático estadounidense y, a pesar de todos los pesares, la solidez de sus instituciones. Sin embargo, la siembra de división y de odio al que piensa distinto, evidentemente, ha rendido frutos. Fantasmas, como el racismo, que se creía desterrado o, por lo menos, minimizado, se ha mostrado impúdicamente en el territorio estadounidense en estos días, y la intolerancia, ese vicio tan poco civilizado y detestable, se ha paseado por sus calles y avenidas.

El próximo miércoles 20, el presidente democráticamente electo inaugurará su gobierno y todos esperamos que las aguas retomen su cauce. El mundo libre necesita del liderazgo de países como los Estados Unidos, los estados europeos o el Asia democrática, y cualquier hecho que menoscabe los valores de la democracia debe verse con preocupación.

Afortunadamente, subyacen en la idiosincrasia del pueblo estadounidense una serie de valores que un hombre, por más que se empeñe, no va a lograr aniquilar. Tiene, y él parece tenerlo claro y así lo ha declarado en más de una ocasión, el presidente Biden, como primera misión, buscar la reconciliación de su gente y reemprender el camino del trabajo, tan bien conocido por los habitantes de ese gran país.

A las naciones democráticas que han estado a la expectativa ante tan lamentables sucesos les queda tomar lecciones y recordar que no hay progreso posible sin inclusión, sin diálogo, sin respeto, sin derecho a disentir en lo opinable, sin la libertad de decir lo que se piensa sin miedo. A eso han estado acostumbrados estadounidenses y, démoslo por descontado, así permanecerán en su devenir histórico