Tiempos recios

En este 2020, casi por concluir, los hondureños hemos vivido tiempos recios. Desde mediados de marzo, con los primeros contagios de covid-19, que trajo como consecuencia el confinamiento de la población y, con ella, la paralización de la economía y el aumento de la pobreza, hasta las muertes y graves dificultades provocadas por Eta e Iota, hemos vivido, todos, un sufrimiento continuo. Los daños causados de manera conjunta por la pandemia y los últimos fenómenos naturales fácilmente equivalen a las consecuencias que habríamos padecido si nos hubiéramos visto envueltos en un conflicto bélico de regulares proporciones. De semejante situación habrá ahora que retomar impulso para seguir adelante. Claro que no es fácil ponerle buena cara al mal tiempo, aunque así lo afirme el adagio popular, pero parece que no tendremos otro remedio.

Resulta ahora fundamental que los hondureños todos saquemos lecciones de semejantes enseñanzas. Porque parece que, una vez alejadas las desgracias, fácil se nos olvidan; de modo que el sufrimiento termina por no ser fructífero. Y es una pena que desperdiciemos semejantes oportunidades de aprender.

De la pandemia se espera que salgamos con unos sólidos hábitos higiénicos que favorezcan la conservación de la salud y eviten la proliferación de otras enfermedades. Estos largos meses de padecimientos no pueden ni deben echarse por la borda y, una vez estemos vacunados, perdamos la memoria y nos encontremos indefensos ante un nuevo desafío sanitario que vendrá tarde o temprano.

Los huracanes y las tormentas, además de la permanencia de una actitud solidaria en todos los aspectos y momentos de la vida nacional, por lo menos deberían enseñarnos a reconocer la vulnerabilidad del país en que vivimos y, por lo mismo, a evitar las edificaciones en sitios de riesgo y la construcción de las obras civiles que sean necesarias para proteger lo ya construido. La furia de la naturaleza es difícil de medir, y es, muchas veces, impredecible; pero tanto la ciudadanía como el gobierno, en sus distintos ámbitos y niveles, debemos asumir la responsabilidad que a cada uno compete. Una cultura de prevención, de obediencia diligente a la autoridad, puede salvar vidas y evitar millonarias pérdidas materiales.

Toca ahora esperar que las manos solidarias de la cooperación internacional se extiendan hacia Honduras y que contemos con los recursos para emprender la reconstrucción. Toca, también, asegurarnos que esos recursos se utilicen con absoluta transparencia y que nadie vaya a buscar en estas desgracias la oportunidad de obtener beneficio personal y de enriquecerse, como, tristemente, ha sucedido en otros momentos.