Honor a quien honor merece

Desde 1923, hace ya casi cien años, los hondureños celebramos, cada 17 de septiembre, el Día del Maestro.

Las razones que llevaron al entonces secretario de Estado en el Despacho de Educación Pública, don Federico Canales, a incluir esta fiesta en el calendario cívico nacional, son más que evidentes. La labor que los educadores desarrollan en todos los niveles del sistema escolarizado nacional son más que meritorias, puesto que con ella se sientan las base para el desarrollo intelectual de los niños y niñas que luego se convertirán en los hombres y mujeres que deberán hacer transitar a este país por las sendas del progreso.

En un país como el nuestro, el ejercicio docente enfrenta una serie de desafíos que exigen del que lo lleva a cabo una auténtica vocación profesional. En muchas de las escuelas y los colegios del sector gubernamental no se cuenta con las condiciones óptimas para el desarrollo del proceso de enseñanza-aprendizaje; además, las condiciones socioeconómicas en las que viven los educandos tampoco favorecen el trabajo que se realiza en los distintos ámbitos pedagógicos.

Hoy, a raíz de la emergencia sanitaria, los maestros han debido superar una serie de obstáculos, nada despreciables, ante la repentina migración de la presencialidad a la teledocencia. Así, han tenido que hacerse, muchas veces de su propio bolsillo, del equipo tecnológico básico para continuar con la labor formativa de sus alumnos; no pocos, aún con décadas de experiencia en el aula, han aprendido, sobre la marcha, el uso de las herramientas indispensables para su labor docente, y, sin duda, han extendido sus horarios de trabajo, porque preparar una clase para impartirla de manera presencial toma mucho menos tiempo que lo que toma la preparación de una virtual.

Las historias de educadores francamente heroicos en estos tiempos de pandemia se han multiplicado. Ha habido profesores que, de su ya escaso salario, han hecho fotocopias de más de una lección y las han llevado de casa en casa a cada uno de sus discípulos, o los que han dado clases por medio de mensajito o de WhatsApp, o los que han llevado el pan del saber al hogar de un alumno que presenta alguna dificultad particular, o los que han llamado a los padres de cada uno de sus alumnos para saber cómo los has tratado el covid-19 y cómo marcha el aprendizaje de aquellos.

Por lo anterior, es justo que en un día como este se exalte la figura de aquellos sin cuya noble labor no seríamos capaces de descifrar el mundo en el que nos movemos y existimos.