Seguridad alimentaria

La situación más que preocupante en el ámbito urbano se multiplica en el área rural donde la supervivencia está directamente ligada al campo en cuya preparación, cultivo y cosecha se cifran las esperanzas inmediatas porque señalar el futuro es confiarse a fenómenos naturales que, por exceso o por defecto, arrebatan el mínimo nivel de seguridad alimentaria.

El buen augurio, en este ambiente supercomplejo de la pandemia, ha ido llegando en los últimos días con la cosecha de primera que ha incrementado las reservas y en el mercado ha beneficiado la canasta básica con alivio en los precios pese a las dificultades por las medidas de movilidad y los protocolos sanitarios derivados de la emergencia. Estudios sobre la seguridad alimentaria identifican plenamente zonas donde la carencia de granos en la dieta diaria abarcaría a una mayor población.

Las previsiones, no pocas veces con exceso de optimismo, están condicionadas por la evolución de la crisis sanitaria, la actividad económica y la conducta de los ciudadanos para aplicar las medidas de bioseguridad y ser agentes activos para frenar la pandemia y volver a la “normalidad” normal, restableciendo las actividades ciudadanas.

Hace ya algunos años uno de los programas sociales con más arraigo en las zonas rurales era aquel de “alimentos por trabajo”. Entonces los dirigentes comunales eran los primeros en solicitar y recibir la ayuda. Hoy, sin duda, será calificado de anacrónico, desfasado, pero habrá que inventar un marco de la ayuda social en el que el ciudadano ponga también su parte no solo salir a la puerta de la casa o acudir al centro comunal a extender la mano y recibir.

Estamos a la puerta del inicio del año cafetalero. El fenómeno tradicional es la presencia de personas de los países vecinos en las fincas. Con alicientes sumados a los pagos habituales por lata podrían atraer a cortadores del grano, de manera que el problema social del desempleo fuese aliviado temporalmente y miles de familias dispusiesen del pago por el corte y de ayuda gubernamental como estímulo por el trabajo en las fincas.

A las crisis sanitaria, económica y social hay que enfatizar esta última en el sector de la alimentación, hoy en precario y en perspectiva de empeoramiento por la caída en los ingresos de miles de familias que no alcanzarán para atender las necesidades. Mucho peor en el sector rural empobrecido por décadas cuya población tiene “su momento de gloria” en la temporada proselitista y el paso efímero por las urnas, ¿después? Si te he visto no me acuerdo.