Cuentas claras

Cuentas claras, amistades largas, reza el adagio popular. Y es que la transparencia en las relaciones entre las personas, entre otras entidades y entre estados, incluso, es esencial para el fomento de la confianza y la interdependencia. No se puede confiar en alguien que no nos dice toda la verdad, porque verdades a medias son también medias mentiras.

Lo anterior se desprende de los sucesos acaecidos desde que comenzara la novela de los hospitales móviles. Se pagó una cantidad fabulosa por la compra de siete instalaciones hospitalarias; se han recibido dos, que hace falta que entren en funcionamiento para saber si van a cumplir con las expectativas de un pueblo enfermo y, por qué no decirlo, desesperado, y, por lo menos hasta ahora, nadie sabe dar cuenta de qué pasó o va a pasar con los otros cinco, también ya pagados.

En cualquier país del mundo, y no digamos en uno con carencias materiales notables como el nuestro, el uso del dinero público debe estar sometido a un riguroso escrutinio, porque es siempre escaso y porque debe sacársele el máximo provecho. La pandemia ha desnudado una realidad no desconocida, pero deliberadamente evadida: nuestro sistema sanitario público desde hace muchos años presenta un desfase que lo vuelve absolutamente incapaz de atender la salud de las mayorías postergadas, que son las que usan sus servicios. Y, claro está, casi desde la fundación del hoy saqueado Seguro Social o desde la gestión del Dr. Aguilar Cerrato al frente de la Secretaría de Salud, no se ha dado un verdadero fortalecimiento del sistema. Como ha sucedido en educación, en salud también se han puesto parches y se han buscado soluciones coyunturales, pero no se han dado transformaciones radicales que den al pueblo hondureño la posibilidad de una atención sanitaria digna y oportuna.

Antes de que se desatara esta desgracia sobre el país, el Gobierno había prometido que iba a realizar fuertes inversiones en la red hospitalaria; que se construirían nuevos hospitales y que se importarían estas instalaciones móviles como apoyo a las permanentes. Y todos nos alegramos. Pero, por lo visto, lo mejor está por venir, o, por lo menos, así debería ser.
Gracias a Dios tanto las visitas de casa en casa, de barrio en barrio, están funcionando, y la multiplicación de centros de triaje ha reducido la presión sobre los hospitales y liberado camas en las ciudades con una situación más crítica. Pero los distintos sectores que conforman la hondureñidad solo van estar satisfechos cuando hayan quedado claras las cuentas de los famosos hospitales móviles. Eso está bien claro.