¡Responsabilidades!

Tardó demasiado en conocerse la situación trágica en el asilo Perpetuo Socorro, de San Pedro Sula, y que revela, como ha ocurrido en numerosos países del denominado primer mundo, el deterioro del valor de la vida mediante el empuje de la cultura del “descarte”. Desde aquel cínico que le estorban los ancianos y hay que dejarlos de lado para recuperar la economía hasta la denuncia del abandono de las personas improductivas o escasamente aprovechables en la sociedad de consumo, media el profundo abismo evidenciado en la atención a miles y miles de pacientes del Covid-19 en todo el mundo.

Ha conmovido la tragedia en el asilo sampedrano no solo por las víctimas, sino por el tratamiento dado a los adultos mayores atrapados en el foco de infección del centro de acogida, pues desde finales del mes anterior se conoció el contagio con el primer anciano positivo que murió en el hospital Mario Rivas. La reacción no llegó ni a paso de tortuga, pues el traslado e ingreso en el hospital regional de los enfermos no fue capaz de hacer saltar la alarma.

Ahora se habla de indagar el porqué, pese a la tragedia, las personas responsables no informaron a las autoridades sanitarias lo que estaba ocurriendo en el asilo, sabiendo que los internos son personas sumamente vulnerables a la enfermedad. La cultura del descarte, repudiada en el ambiente familiar de los hondureños, pareciera hacer sitio en funcionarios y empleados como si la existencia y su prolongación con calidad de vida, aunque sea mínima, no cupiese ya en organismos e instituciones públicas.

Ojalá que la investigación de la Fiscalía sea ágil y detallada con señalamiento claro de responsabilidades que desde el campo administrativo pasen a lo penal, si así se requiere, e, incluso, como señalamos recientemente, haya el autorreconocimiento de fallos éticos en la aceptación de deficiencias y errores que obliguen a presentar la renuncia y dejar el cargo, aunque durante décadas se haya estado en el puesto.

Es el momento de dar una lección pronta y clara para que el valor de la vida, los afectos familiares y el respeto a los adultos mayores no sean devorados por una sociedad consumista en el que el mensaje productivo rija las relaciones sociales y marque la etapa final de la existencia. No al descarte y para ello deben quedar bien claras las responsabilidades de lo sucedido en el asilo sampedrano. No admitimos ni queremos que suceda a nuestros adultos mayores lo ocurrido en países ricos en los que el descarte se ha producido masivamente, pues como señaló una persona, no quinceañera, directora de un organismo internacional, los ancianos son una carga para la economía. ¡Bendita carga!