Desescalada

Es una de las palabras que el Covid-19 ha puesto de moda en Europa y en el mundo. Una vez que se ha aplanado la curva y los casos activos muestran cierto descenso, los países optan por eliminar, poco a poco, las restricciones de movilización de los ciudadanos y, con ello, una gradual puesta en marcha del aparato productivo, para, finalmente, retornar a la normalidad, nueva normalidad, dicen algunos, puesto que habrá que tener bajo control al tal coronavirus para recuperar la normalidad plena. Y se habla de desescalada porque antes se escaló, se subió, en una especie de plano inclinado, en el que se fueron dictando medidas de aislamiento social hasta que, en algunos Estados, se detuvo totalmente la actividad laboral y se ordenó el confinamiento de personas y familias dentro de sus casas. Ahora, pues, toca descender, bajar, “desescalar”.

Todos hemos visto y leído cómo ha habido distintos niveles de cierre, de acuerdo con la cultura de cada país, y de la visión que cada Gobierno quiso darle a la situación. En Finlandia, para el caso, el cierre prácticamente no existió, mientras en España o Italia solo se permitía que una persona por hogar saliera por comestibles, medicamentos u otra eventualidad realmente de urgencia. En algunos países en desarrollo, tanto de Asia como de América, Irán o Colombia, por ejemplo, hubo que permitir la apertura, comenzar la desescalada, de forma tal vez apresurada porque la economía no permitía la prolongación del cierre y se tenía que conjugar el cuidado de la salud con el trabajo en el comercio, la industria y los servicios para evitar la catástrofe social y económica.

Este último es el posible camino de los países de la región. La cuarentena no se puede mantener de forma indefinida, ya que si antes de la pandemia la situación económica y de empleo ya era crítica, las consecuencias de un cierre mayor pueden traer consecuencias sociales dramáticas y no queridas por nadie. El hambre es pésima consejera y nunca faltan malos políticos, que también los hay buenos, y gente que no quiere al país que buscarán llevar agua a su molino, aunque sea a costa de la paz social y del desarrollo poco a poco y con esfuerzo conseguido.

La “apertura inteligente” de la que se está hablando es el mejor camino para conjugar la recuperación económica y, aún mejor, el despegue del país, con la salvaguarda de la vida humana. Deben ponerse los medios para mantener los puestos de trabajo y, simultáneamente, velar por la salud de todos.