Tiempo para ser generosos

Tanto el Gobierno como la empresa privada han comenzado a pagar a sus colaboradores el decimotercer mes de salario, más conocido como aguinaldo. Muy probablemente, la mayoría de los asalariados lo usarán para cancelar alguna deuda, pero siempre dejarán algo para comprar los tamalitos y para regalar algo a la gente a la que tiene cariño.

La Navidad es una época para ser generosos. Como dice el antiguo refrán: nadie es tan rico como para no necesitar algo de los demás y nadie tan pobre como para no poder compartir con otros que tienen aún mayor necesidad. De modo que no dejemos de pensar en la gente a la que queremos y en aquella que nos necesita. Además, muchas veces, más que algo material, los seres humanos necesitamos un buen abrazo, un cálido apretón de manos, una palmada en la espalda, una frase que nos ayude a recordar que hay gente a la que le importamos, personas con las que podemos contar. De modo que la generosidad que tan bien se vive en esta temporada no tiene por qué vivirse realizando gastos extraordinarios o endeudándose de nuevo, sino manifestando a los demás cuánto significan para nosotros.

Algo que es muy común, y que es una manera de ser generosos, es hacer o preparar algo nosotros mismos: algunas galletas, una botella de rompopo casero, algún pan de los que se acostumbra a comer en estos días, unas torrejas. Estos detalles, que significan menos gasto, pero exigen tiempo, son muy bien valorados por aquellos que los reciben y demuestran un afecto más personal, más cercano.

Luego, hay tanta gente que en Navidad y Año Nuevo que se siente sola, que una visita también es un gesto que se agradece. Incluso, dentro de la propia familia hay una tía, una abuela, un pariente ya mayor y con dificultades para movilizarse, un enfermo, a los que cae muy bien saber que se interesan por ellos.

Cuando pensamos en la generosidad de Dios, que en la Navidad ya próxima hace patente su amor por el género humano, debemos sentirnos movidos a imitarlo. Y, aunque la infinita distancia que hay entre la Encarnación del Verbo y lo que las criaturas podemos regalar, nos hacen ver, una vez más, nuestra pequeñez, no por eso vamos a dejar de intentar emular al Creador y salir al encuentro de nuestro prójimo.