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Deudas, onerosas deudas

El hecho de que los diputados de todos los partidos representados en la Cámara hayan votado unánimemente por la aprobación de la Ley de Alivio de Deuda, propuesta por el Poder Ejecutivo, es un claro síntoma de que esa disposición era una necesidad sentida entre la mayoría de la población.

Los hondureños, en los últimos años, sobre todo desde que se popularizara el uso del dinero plástico, las tarjetas de crédito, caímos en un espiral de endeudamiento que ha llevado a algunos coterráneos incluso al suicidio. Los hábitos de consumo normales en una economía desarrollada trasladados a un país como el nuestro han terminado por endeudarnos y sobreendeudarnos, de tal manera que hay funcionarios y trabajadores de empresas públicas y privadas que, cuando les llega el pago de la quincena o de fin de mes, reciben cantidades ínfimas que los obligan a caer en el círculo vicioso del tomo prestado y pago, una y otra vez, sin que se vea una solución posible en el horizonte inmediato o cercano.

Esa situación tiene un efecto innegable en la conducta de las personas y en sus relaciones con los demás, empezando por las familiares. Un hombre o una mujer que espera sin ilusión el salario, porque ya lo tiene más que comprometido, seguramente ve afectado su estado de ánimo y ve mermadas sus habilidades sociales. Las deudas onerosas, y la palabra onerosa viene del latín “onera”, que significa carga, peso aplastante, perjudican el mundo psíquico de los que las sobrellevan y, por ende, contaminan la dinámica familiar, laboral y social.

Ahora bien, es necesario que se haga conciencia en todos aquellos hondureños que van a hacer uso de los beneficios que la ley les concede para que actúen con mayor responsabilidad. Es cierto que nadie se endeuda por capricho, sino más bien por necesidad, pero también es cierto que algunos consolidan una deuda y, si les sobra algo de dinero, lo gastan en bienes suntuarios y no aprenden la lección, no escarmientan. En la primera oportunidad contraen nuevos compromisos que los sumen aún más en el agobio y la intranquilidad que la falta de dinero produce.

Lo mejor, lo óptimo, es aprender de lo vivido, de lo sufrido y hacer de la sobriedad en el consumo, de la responsabilidad financiera, un auténtico estilo de vida. Esta vez, el Ejecutivo y el Legislativo nos han sacado las castañas del fuego, pero no podemos esperar que siempre vaya a ser así. Por salud mental, por un mejor clima familiar, aprendamos la lección.