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Deber filial

El día de ayer, conmemoración de los Fieles Difuntos, miles de hondureños visitaron los camposantos en los que descansan los restos de sus ancestros y de otros seres queridos que se han adelantado en el camino hacia el descanso eterno. Sobre las tumbas fueron depositadas miles de flores, que terminarán por agostarse bajo el sol, pero que han dado testimonio del cariño que no perece y de la importancia que posee mantener memoria y conciencia de las raíces de las que se procede.

La desaparición física de un familiar: padre, abuelo, hermano, tío, etc., no implica, de ninguna manera, el final de su recuerdo ni de su influencia sobre la parentela que le sobrevive. El ejemplo de los padres, para el caso, marca de maneras permanente la existencia de los hijos que lo suceden.

Lo normal es que esos hijos, cada vez que se reúnen, traigan al presente sus conductas más notables, sus maneras de expresarse, sus modos de actuar ante determinadas circunstancias y todo aquella carga anecdótica que pesa sobre ellos.

Los padres, aunque fallecidos, nunca dejan de serlo y no se convierten en expadres, como sí sucede cuando concluye otro tipo de relaciones interpersonales. El recuerdo de los que ya partieron permite que la descendencia se sienta parte de un árbol vivo del que es fruto, que se sepa verso de un poema mayor y no suelto e inconexos o carente de raíces que la nutren y dan sentido de trascendencia.

De ahí que costumbres como la de ir al cementerio para “coronar” a los muertos; y se les “corona” porque han terminado la carrera de la vida y merecen un premio, favorece el desarrollo de una conciencia familiar no solo en sentido sincrónico, sino también diacrónico, y así se tienden puentes entre las generaciones que ya hicieron su tránsito con las que aún transitan por esta vida, y, de estas, con las que apenas comienzan su andadura en este mundo. Por eso es clave hacer que toda la familia participe en estas actividades, que hasta los más pequeños sepan donde descansan los que hicieron posible su existencia y de aquellos de los que proceden. Es también una manera de educarlos en el valor de la gratitud, una forma de cultivar en ellos los deberes filiales.

Es importante que se aprenda a reconocer que las personas no se hacen solas, en ningún sentido, que ha habido y hay otras que han sido o son parte de su entramado vital. Así, también, se adquiere sentido de pertenencia, identidad, e, incluso, una sana autoestima.