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Crímenes de odio

Desde hace unos años se ha dado por llamar “crímenes de odio” a los cometidos en contra del colectivo formado por hombres y mujeres identificados como homosexuales, lesbianas, travestis o transgéneros. Se parte del supuesto que esas personas son asesinadas por individuos querechazan su orientación sexual o su estilo de vida.

En el fondo, todos los crímenes son causados por el odio, ya que para tomar la determinación de acabar con la vida de otro ser humano hace falta haberse llenado de sentimientos opuestos al respeto o a la misericordia por el prójimo. En estos casos, las noticias causan mayor revuelo porque esos asesinatos se dirigen a un grupo particularmente vulnerable y que causa reacciones no siempre unánimes entre la población.

Por encima de cualquier consideración antropológica o ideológica, lo cierto que es que todas las personas, independientemente de las opciones que hayamos tomado en la vida, merecemos respeto. No hace falta que haya un consenso general, de suyo imposible, para que debamos entender que cada quien, en la intimidad y sacralidad de su conciencia, y movido quién sabe por qué circunstancias, escoge un camino diverso al de la mayoría. Y esa elección, no siempre aceptada y menos aplaudida por los demás, no puede ni debe convertirse en sentencia de muerte para nadie.

La intolerancia no es, de ninguna manera, un valor, sino todo lo contrario; el irrespeto tampoco, y no hace falta que estemos de acuerdo o coincidamos en nuestra manera de pensar con el resto de los ciudadanos de este mundo, ya que eso no ha sido posible ni en los totalitarismos más perversos; pero sí hace falta que aprendamos a convivir con aquellos que difieren, con aquellos que, aunque a nosotros nos parezca que se equivocan, no podemos obligar a pensar como nosotros ni mucho menos pretender que no merecen vivir por eso.

De plano que en Honduras tenemos que hacer un alto y dedicarnos a construir una cultura del respeto; y la tolerancia es hija del respeto, para que, en todos los ámbitos de la vida cívica, acabemos con la aberración de querer imponer a los demás una visión única del mundo y de las cosas, porque eso nos está haciendo mucho daño, y esto no solo en el tema que nos ocupa, sino en todas las esferas de la convivencia.

De no ser así, los “crímenes de odio” no podrán detenerse y habrá más hijos, hermanos, primos o amigos que sucumbirán a esta cultura de la muerte, que nos está asfixiando a todos.