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Sí, es posible...

Ojalá que al ir leyendo la carta pastoral de la Conferencia Episcopal sobre la grave situación en nuestro país, si es que leen o, por lo menos, escuchan comentarios, los titulares de los tres poderes del Estado, los políticos enquistados en las estructuras del Estado y los funcionarios asuman sus responsabilidades, ¡qué difícil! los malos son los otros, y se sumen a la “búsqueda de caminos de solución para Honduras”. El “¡basta ya!” es la dolorosa y esperanzadora conclusión a la que llegan los prelados después de señalar con valentía la escala de deterioro y la ruta para “mejorar y el compromiso de lograrlo solidariamente”.

Los hechos son los hechos, que ni el discurso ni las agendas de distintos colores repetidas, no sólo no han frenado el deterioro, sino que han ido agravando la situación hasta agudizar la conflictividad por ver pasar los días con la falsa ilusión de que el tiempo la va a solucionar. ¿Problemas? Los obispos los recuerdan al inicio de su comunicado: alto costo de la vida, el crimen, la violencia, el desempleo, las deficiencias en los sistemas de salud y educación, la corrupción, a los que hay que sumar el pésimo y destructivo ejemplo de los legisladores, las decisiones del Ejecutivo y la nada bonancible situación en las empresas estatales.

¿Las causas? Que nos agarren confesados. Los poderes del Estado, directamente causantes, por desidia en afrontarlas, con calculados intereses ajenos al bienestar de las mayorías. No tienen menos responsabilidad aquellos que en su afán por el poder politizan sus acciones con doble agenda, una de cara a la población y otra al poder del cual quieren participar y al cual quieren “echar mano”. Y todo ello en nombre del pueblo que percibe lo teatral del Congreso con pésimos actores, la dependencia de los poderes del Estado, la quiebra de las empresas públicas y la paralización de la economía.

Identifican los prelados cuatro columnas para la edificación de una mejor Honduras: El respeto a la ley, desde arriba hacia abajo; desde los organismos públicos hasta la familia, “incluyendo a los mismos legisladores para que dejen de aprobar lo que ni siquiera han leído o comprendido”. La confianza, esperanza en lo bueno que hay en las personas. La ética política, democracia con valores. La verdad de la que quiere adueñarse la intransigencia de todos los colores. El diálogo camino al entendimiento y comprensión hacia el bien común.

Desde la agobiante y agónica realidad es necesario tomar conciencia “de que sí es posible un cambio para mejorar y el compromiso para lograrlo solidariamente”.