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Todos queremos paz

Tanto en Guatemala como en El Salvador se continúa celebrando la fecha en la que, luego de guerras fratricidas que dejaron miles de muertos y exiliados, con todo el sufrimiento que ambas cosas contraen, se firmaron sendos acuerdos de paz, que permitieron una especie de vuelta a comenzar e hicieron posible la búsqueda de caminos de reconciliación. Tanto el pueblo guatemalteco como el salvadoreño llegaron a la conclusión que matándose unos a otros no podrían alcanzar el ansiado desarrollo ni conseguirían satisfacer las aspiraciones de justicia que habían motivado, originalmente, las contiendas entre hermanos.

Aunque los hondureños salimos bien librados de la violencia que asoló a nuestros vecinos durante décadas, en las que fuimos testigos cercanos de los padecimientos de estos pueblos procedentes de nuestra misma cepa, parece que no logramos entender del todo que ni la confrontación ni la mutua descalificación ayudan a construir consensos ni desarrollo. Seguramente, tanto las guerrillas de izquierda de uno y otro país, como la población que se opuso a ellas, y los representantes de uno y otro bando, debieron hacer grandes esfuerzos y sacrificios para ceder en sus posturas y pretensiones, con tal de llegar a puntos comunes que beneficiaran a los países enteros. Seguramente, también habrán llegado a la conclusión de que una buena parte de su gente, a lo mejor la mayoría, no estaba ni a favor ni en contra de la derecha o de la izquierda, pero que terminaba siendo también víctima de un conflicto no deseado y generado por otros.

En nuestro caso, las fuerzas políticas, todas, deben comprender que sería una estupidez histórica recorrer un camino de sangre que ya nuestros hermanos centroamericanos han pisado y que no los llevó más que a la ruina económica y al odio social. La paz es una condición indispensable para que florezca la justicia. No es el enfrentamiento ni la “victoria” impuesta sobre el otro lo que nos va a llevar al progreso. Todo lo contrario, la pretensión de aplastar, de aniquilar, al opositor solo ayudará a perpetuar la agonía de los menos favorecidos.

Es evidente que a muchos de nuestros líderes políticos les falta madurez. Padecen, además, de una especie de sordera selectiva que les impide oír voces tan autorizadas como las de las iglesias, las de empresarios que generan empleo y riqueza, las de los grupos organizados sin sesgo ideológico, las de los ciudadanos de a pie que quieren poder trabajar tranquilos, llevar el sustento a su casa y ver crecer a sus hijos y nietos.

Hay demasiado que hacer en y por este país. Y solo en paz podrá hacerse. Dios se apiade de Honduras.