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La manada

San Pedro Sula, Honduras

Hace algunos meses causó un revuelo mediático notable en el norte de España un caso de violación múltiple que llegó a conocerse como “la manada”. Cinco hombres, todos mayores de edad, abusaron sexualmente de una joven de 18 años, a la que no solo ultrajaron físicamente, sino que, además, expusieron por medio de las redes sociales, puesto que también grabaron y difundieron el bochornoso acto.

Ante la denuncia de la agraviada, los cinco fueron condenados a 9 años de cárcel, con la posibilidad de que lleguen a ser 18, porque la Fiscalía ha solicitado que se sume al acto de violencia física el daño causado por la difusión de semejante atrocidad. El hecho suscitó un amplio debate, en el que no faltó, como es natural, el tema de la conducta ética; en concreto, la falta de respeto con que se puede llegar a tratar a los demás cuando no somos conscientes de la dignidad del otro, de su derecho a la privacidad, de la sacralidad de su intimidad y de su imagen ante los demás.

Lo que recientemente ha pasado en un centro turístico de La Ceiba, más que para juzgar el hecho en sí, puesto que serán los tribunales, y no los medios de comunicación, los que dictarán sentencia, debe llevar a la sociedad hondureña a la reflexión sobre esos mismos asuntos.

La coyuntura histórica que nos está tocando vivir, y el clima social que respiramos, no puede servir de excusa para que los hondureños nos irrespetamos los unos a los otros. No podemos ni debemos considerar como parte de la normalidad que, por motivos, que no son verdaderas razones, políticos, nos ataquemos, insultemos y descalifiquemos a diario o que acudamos a todo tipo de recursos innobles para echar tierra sobre nuestros adversarios. La falta de respeto entre los adultos, con lo que damos un pésimo ejemplo, mal ejemplo, a la gente joven, se ha ido convirtiendo en lo habitual, en lo cotidiano.

La dignidad humana es un bien intangible en dos sentidos: por un lado, es una idea, no se puede tocar, y, por el otro, no debe ser manoseada, bajo ningún pretexto, por nadie. Y esa dignidad comprende el cuerpo de la persona, pero también sus ideas, su visión del mundo, su manera de percibir la realidad. La conciencia y la intimidad de la persona son ámbitos sagrados, es una violación a sus derechos exponerlas y convertirlas en materia de dominio público.

Urge que desde los hogares y desde la escuela se cumpla con la misión formativa que naturalmente les corresponde, o veremos cosas peores a las que hasta ahora estamos viendo.