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Valorar los días

El despliegue acelerado y amplio de los lugares donde el ritmo o la rutina diaria quedarán, por algo más de una semana, en el olvido, ubica desde hoy a muchos hondureños en ese espacio o, mejor, en ese tiempo soñado por meses, pues es habitual dividir mentalmente el período anual con la identificación de las fechas de aquellos feriados largos, dos en los doce meses, o por la recepción, también dos al año, del pago extra el que para algunos escapa antes de llegar a sus manos; pero la mayoría ya hace cálculos del buen disfrute y ahorro. Con tal de que el descanso sea, como aconsejan los orientadores, laboriosidad en algo distinto a lo que cada día.

Ese es ambiente de este sábado con el éxodo urbano que ha sido previsto por las autoridades tanto en el cuidado en ruta como por aquellas del punto de llegada cuyo dispositivo se ha ido desplegando en los últimos días no solo para presentar una buena imagen a los viajeros, sino para que reciban atenciones y servicios de calidad de manera que, a su regreso, sean los mejores publicistas y voceros de los lugares visitados, de las personas encontradas y de las atenciones recibidas que hagan expresar con sinceridad: “volveremos”.

El atractivo del mar no resta desplazamientos hacia las ciudades y pueblos del interior en los que miles y miles de hondureños se reencuentran y en una beneficiosa catarsis se trasladan a años en lo que “se vivía”, dicen los adultos, de otra manera y mejor. Cada quien, hoy, ayer y mañana, habla de la feria según le va en ella. Pero ante los descomunales desafíos de hoy, personales y colectivos, es fructífero seguir valorando y aprendiendo del pasado en el que se hunden las raíces de cada uno. El bombardeo masivo de promesas para el éxito, triunfo material, ha ido arrinconando el pasado, incluyendo a la familia, amigos, compañeros de trabajo, como si fuesen obstáculos en vez de valores.

Estos días de descanso, para unos más que para otros, sirvan de valoración de la propia existencia, repleta, sin duda, de éxitos y fracasos, de oportunidades e ilusiones, y todo ello compartido en el grupo social de origen, ampliado en la medida en que se abren caminos en la vida, hasta ese momento en que la mirada a los hijos, el caminar por una calle o sentarse en la banca de la plaza ayuda a valorar los días, “parece que fue ayer”, recordando al cantautor Armando Manzanero, el sacrificio de personas muy cercanas y la solidaridad de quien extiende la mano para ayudar.