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Con un pie en la playa

Ahora sí, ya desde hoy, miles de hondureños han comenzado a movilizarse hacia los distintos sitios de descanso que ofrece Honduras, que van desde ruinas centenarias, ciudades coloniales y playas de arena blanca, hasta bosques nublados, cultivos de café y cuevas que fascinan a los que las visitan.

Es este un país relativamente pequeño, pero, en poco más de 112 mil kilómetros cuadrados, ofrece la vista hacia dos océanos, paisajes de montaña verdaderamente impresionantes, fincas y haciendas en las que podemos retornar a la vida bucólica, y, sobre todo, gente amable como poca en el mundo.

Esta Semana Santa debe convertirse en la ocasión para aprender a ver a Honduras con ojos de hijos. Está bien que uno que otro extranjero hable más de nosotros o tenga opiniones poco favorables sobre nuestro país; pero nosotros, los que hemos nacido y vivimos en esta tierra sabemos que tenemos abundantes razones para quererla y sentirnos más que orgullosos de ella.

Quien haya contemplado caer la tarde desde el hotel Hacienda San Lucas, en Copán Ruinas, o dentro del mismo parque arqueológico del mismo lugar; quien se haya emocionado hasta las lágrimas viendo una puesta de sol en el golfo de Fonseca; quien haya caminado por las calles de Gracias o de Comayagua; quien haya visto un amanecer sobre el lago de Yojoa o la bahía de Tela sabe de qué estamos hablando. No hace falta ir a Cancún o a Miami ni trasladarse a ningún otro lugar fuera de nuestras fronteras. Aquí tenemos de todo. Solo necesitamos desarrollar un poco más la sensibilidad que nos permita valorar y disfrutar lo que el país nos ofrece y terminaremos más que satisfechos.

Tenemos ahora la oportunidad de ir sin prisa por las carreteras, caminos y calles de Honduras; de detenernos en algún punto de la ruta a tomarnos un agua de coco, a comernos una frita de elote o de yuca, a comprar un sombrero o una casita de barro, a disfrutar de un pescado frito con tajadas de guineo, o, simplemente, a admirar el paisaje, a escuchar los pájaros que trinan, a saludar al campesino que regresa a casa luego de la larga faena, a maravillarnos ante una iglesia antigua, en fin, a reconocer nuestras raíces, a respirar aire catracho hasta henchir bien nuestro pecho de amor por la patria.

Así que, ahora que ya estamos con un pie en la playa, en la montaña, en la ciudad o en la población rural, gocemos el país que Dios nos ha regalado. Vale la pena.