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Violencia ciega

El asesinato a sangre fría de más de cuarenta personas por parte de un supremacista blanco en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda, perpetrado el pasado viernes, vuelve a disparar el miedo que provocan el terrorismo y la intolerancia entre religiones y culturas.

El papa Francisco ha sido uno de los primeros líderes mundiales en reaccionar ante semejante barbarie y ha señalado que se solidariza de todo corazón con las familias de las víctimas frente a este atentado. Ese mismo día, dos jovencitos brasileños mataron a un grupo de excompañeros de clase, en un colegio de San Pablo, y luego se suicidaron.

A pesar de todos los horrores que estamos acostumbrados a oír, ambas noticias generan preocupación porque se suman a una serie de hechos dramáticos llevados a cabo por individuos ligados a grupos extremistas, y, en el caso del hecho acaecido en Brasil, a crímenes semejantes que han enlutado a comunidades enteras en los Estados Unidos y en el norte de Europa.

La intolerancia religiosa, la xenofobia y todas aquellas actitudes que llevan a un individuo a rechazar o menospreciar una concepción del mundo distinta a la suya es una tara social que debe ser combatida y superada. Asumir que una colectividad es inferior porque no comparte idénticos valores con otra, sobre todo si esta última es la dominante, es un absurdo antropológico. El desconocimiento, la ignorancia, puede convertirse en un obstáculo insalvable para la convivencia civilizada y un detonante de violencia criminal.

Las masacres en entidades educativas, desde la tristemente célebre de la secundaria de Columbine, Colorado, sucedida en 1999, no se habían dado hasta ahora en América Latina. Inquieta que, así como los autores de la matanza en Brasil se nutrieron ideológica y psíquicamente de Columbine, su conducta antisocial pueda inspirar a otros jóvenes perturbados a imitar semejantes conductas criminales.

Habrá que desarrollar una amplia labor orientadora entre la juventud de la región, lugar en el que, desgraciadamente, se tiene acceso con cierta facilidad a armas de cierto calibre y en el que tantos son captados por grupos delincuenciales desde muy temprano edad.

Hace falta una cruzada que nos lleve a valorar la vida humana en su justa dimensión; que recuerde a jóvenes y viejos la importancia de valores como el respeto, la tolerancia, la dignidad de la persona, el derecho a disentir y a tener puntos de vista distintos e incluso contrapuestos.
Solo así van a evitarse tragedias como las de Nueva Zelanda y Brasil.