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Candidaturas prematuras

Tal vez sean muy pocos los países del mundo en los que la política conserve la nobleza que le es inherente. Porque si se considera en su acepción original: como la actividad por medio de la cual los ciudadanos buscan ponerse al servicio de los demás, para, desde el gobierno del estado, resolver sus problemas y satisfacer sus necesidades, no es lo que estamos acostumbrados a observar en la mayoría de los países de la región y del mundo.

Es cierto que cada uno de los gobernantes desarrolla algunas obras de beneficio común, pero, por la cantidad de experiencias negativas que se acumulan, al final, la percepción, casi generalizada, es que la búsqueda del poder de las naciones no se realiza con el altruista propósito de trabajar, sacrificarse y darlo todo por la comunidad, sino por ocupar los cargos para obtener prebendas y privilegios y para repartir favores a los allegados.

En el caso de Honduras, la percepción de la mayoría de la ciudadanía es similar. Y por eso se ve con desconfianza que, cuando todavía faltan casi tres años para que concluya el presente periodo presidencial, hayan comenzado a salir a la luz pública las aspiraciones de más de una docena de candidatos. El deseo de llegar a un cargo de elección popular es legítimo, y es absolutamente válido que cualquier hondureño lo manifieste. Lo que inquieta es que la actividad política se convierta en un distractor en la solución de la problemática nacional y que los esfuerzos que deberían emplearse en su resolución se malgasten en campañas prematuras.

Por la coyuntura histórica que nos ha tocado vivir a lo largo de la última década, en la que todos hemos participado de alguna manera, los niveles de madurez política de la población han aumentado. La llamada sociedad civil y los mismos partidos han crecido en cuanto a su capacidad crítica y a la participación de la militancia en la toma de decisiones; el caudillismo padece una saludable crisis y la gente joven busca que su futuro figure en las propuestas de los candidatos.

Lo que ahora debe preocupar a todos los que estén dispuestos a lanzarse al ruedo es la preparación de un proyecto de país concreto, realista e inclusivo. El país pertenece a los más de ocho millones de hondureños. La visión de futuro debe contemplar a hombres y a mujeres, a obreros y campesinos, a empresarios y pequeños emprendedores, a la docena de etnias que conviven en esta tierra, a todos. Nadie debe quedarse por fuera, nadie debe quedar postergado.