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Concordia y reconciliación

A raíz de los últimos acontecimientos acaecidos en Nicaragua y Venezuela, alrededor de veinte exjefes de Estado de distintos países de América han dirigido una misiva al papa Francisco en la que le hacen un reclamo ante las palabras vertidas por el romano pontífice en uno de sus discursos de Año Nuevo, en el que manifestó su anhelo de que reinara la reconciliación en el país centroamericano y la concordia en la patria de Bolívar.

Este grupo de expresidentes no dejan de tener razón cuando le hacen ver al Papa que la concordia y la reconciliación en esos países tienen como premisa el respeto a la ley, el respeto a las vías democráticas y el respeto de los derechos humanos. Todos sabemos las dificultades que se han estado viviendo y que se continúan viviendo en esos dos países, en los que pareciera que ninguno de esos tres conceptos tiene ahora vigencia.

Sin embargo, también es cierto que Francisco, como hombre de paz y líder espiritual de millones de nicaragüenses y venezolanos, no puede ni debe alimentar la confrontación ni alinearse ideológicamente con ninguno de los bandos, aunque desde lejos dé la impresión de tolerancia inaceptable o de complicidad con el despotismo. Ya muchos quisieran que el Papa condenara públicamente tanto a Ortega como a Maduro, sobre todo cuando han atacado directamente a la Iglesia de la cual él es supremo o pastor.

Lo cierto es que todos los hombres y mujeres que participan de la fe del Papa no pueden desear otra cosa. Lo que todos queremos es que en esas sufridas naciones impere de nuevo el derecho, se escuche la voz de la mayoría y se retorne a la convivencia pacífica y civilizada, en la que pueda ser posible el bien común, piedra de toque de la Doctrina Social de la Iglesia.

El Papa ha usado, además, dos conceptos de profunda raigambre cristiana.

Una de las raíces latinas de la palabra concordia es “cordis”, corazón; lo que el Papa pide es que se recupere la comunión de corazones que debe haber en una nación en la que todos se sienten hermanos y partícipes de un destino común. Reconciliarse, por otro lado, es volver a conciliar, volver a coincidir, poner los ojos en un punto de mira común. Y eso es lo que todos deseamos.

Que en Nicaragua y en Venezuela se acabe la guerra fratricida porque eso es lo que hay en estos momentos; que nadie deba ser descalificado por su manera de pensar; que se respete, escrupulosamente, el derecho a informar y ser informado; que nadie más termine exiliado, encarcelado o muerto por no ser afecto al régimen.