La Biblia cuenta que Cristo Jesús, siendo Dios, se rebajó voluntariamente, con estas palabras: “Él era como Dios en todo sentido, pero no se aprovechó de ser igual a Dios.
Al contrario, él se quitó ese honor, aceptó hacerse un siervo y nacer como un ser humano” (Filipenses 2:6-7 PDT).

En una vena parecida, la Biblia también cuenta que el hombre y la mujer aceptaron una proposición que los impulsaría hacia “cosas más altas”, con estas palabras: “Un día, la serpiente le dijo a la mujer: ‘¿Así que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?’.

La mujer le contestó: ‘¡Sí podemos comer de cualquier árbol del jardín! Lo que Dios nos dijo fue: En medio del jardín hay un árbol, que no deben ni tocarlo.

Tampoco vayan a comer de su fruto, pues si lo hacen morirán’. Pero la serpiente insistió: ‘Eso es mentira. No morirán. Dios bien sabe que, cuando ustedes coman del fruto de ese árbol, serán iguales a Dios y podrán conocer el bien y el mal’… [La mujer] arrancó entonces uno de los frutos, y comió. Luego le dio a su esposo, que estaba allí con ella, y también él comió” (Génesis 3:1-6 TLA).

Si se percibió bien, en estos dos relatos hay un marcado contraste entre una humillación y una exaltación (o entre la humildad y el orgullo). ¿Cuál fue el resultado de ambos escenarios? La entrada del mal en el mundo y en el corazón del ser humano con la exaltación, y la solución a dicho problema con la humillación. Pero ese no es el final de la historia. El contraste o la contraposición entre humillación y exaltación sigue aconteciendo día con día.

Dios continúa rebajándose al pedirle al ser humano por amor que sea como Jesucristo, y el ser humano sigue elevándose al buscar hacerlo todo por orgullo o a su manera. Una desemboca en salvación, la otra en destrucción. ¿Qué elegiremos?