Cuenta el presbítero anglicano John Stott que cuando estudiaba teología en el Ridley Hall de Cambridge, el Rev. Paul Gibson se jubiló como director del centro. En la ceremonia de despedida que se le organizó se descubrió un retrato de él. Gibson, admirado por la obra de arte, expresó su agradecimiento al artista y le otorgó un buen merecido elogio. Dijo que, en el futuro, la gente que mirara el cuadro no preguntaría, “¿Quién es ese hombre?”, sino, “¿Quién pintó este cuadro tan hermoso?”.

Aunque el universo entero rezuma el poder y el enorme ingenio de Dios, existe una obra divina que expresa en grado excelso no solo sus habilidades creativas sino también el amor inconmensurable (¿incomprensible?) que le tiene a la raza humana. Nos referimos a la transformación espiritual que Él opera en la vida de todo aquel que decide seguir a Cristo y tenerle como el Señor y Salvador de su vida. Realmente no existe nada más maravilloso que apreciar la metamorfosis de alguien que, viviendo esclavizado a las tentaciones diabólicas, a los placeres del mundo y a lo que dictan sus propios deseos pecaminosos, cambia por completo su conducta, orientando toda su vida hacia el bien y la bondad.

En esta obra extraordinaria no existe el más ínfimo mérito humano. La Palabra de Dios dice que la persona sin Cristo está muerta espiritualmente, es decir, carece por completo de cualquier impulso interno que le estimule a buscar a Dios o a hacer Su voluntad (Efesios 2:1). Así que, por eso, todo el mérito es del Señor. Los que hemos nacido de nuevo somos como ese enfermo, salvado a último momento por la pericia del cirujano. Nadie, después de la operación elogiaría al enfermo. Más bien este se convierte en un testimonio viviente de la habilidad del médico. El verdadero creyente en Cristo es, pues, un trofeo de la gracia de Dios, llamado a reflejar la gloria de su Salvador. Y el mayor (y mejor) deseo es que todas las personas puedan recibir también el toque transformador del amoroso artista divino.