Es normal que después de unos días de descanso, de vacaciones, e, incluso, el domingo por la tarde; cuando sabemos que al día siguiente hay que retomar la rutina laboral, padezcamos una especie de desasosiego, una suerte de “bajón”. Claro, volver al trabajo implica madrugar, interactuar con personas que no siempre actúan con amabilidad, comer fuera de casa, enfrentar y resolver problemas de distinto calado o toparnos con el natural cansancio que a todos nos sobreviene cuando mantenemos el esfuerzo, cuando procuramos poner todas las potencias en lo que hacemos o cuando determinada actividad nos toma más tiempo y sudor del que pensábamos.

Pero lo cierto es que el trabajo corre paralelo con la existencia humana. Lo propio de los seres de nuestra especie es producir, manual o intelectualmente, si es que puede establecerse una separación verdadera entre estas dos maneras de mantenerse ocupado. Porque todo trabajo manual exige un mínimo de planificación o reflexión previa a su ejecución, y toda actividad del pensamiento debe luego ponerse en ejecución y hasta la misma escritura implica el uso de las manos, o de la voz, si tuviéramos a quien dictarle lo que se nos va ocurriendo.

El trabajo es, sin duda, un medio indispensable para la búsqueda de la perfección humana. Además, al final, desde que comenzamos a vivir, realizamos actividades que exigen esfuerzo y que implican procesos de mejora. Desde que aprendemos a gatear o a caminar, desde que aprendemos a emitir sonidos inteligibles, desde que aprendemos a comer, comenzamos a trabajar. Luego, el aprendizaje de la lectoescritura, los años de estudio escolar y más allá, conllevan trabajo. Ahora bien, la actividad laboral puede enfrentarse como una castigo, como una fatalidad, con la lógica del Negrito del Batey, o participar de ella con ilusión, con sentido, con conciencia de que con ella nos convertimos en personas y aportamos al desarrollo social.

Los que trabajan porque no tienen más remedio, o con el único fin de procurarse el sustento, terminarán por amargarse, por pasársela murmurando o poniéndole pegas a la vida, con lo cual nunca darán lo mejor de sí, crearán a su alrededor un ambiente desagradable y gris, y acabarán por ser un fastidio para sus colegas y hasta la misma familia.

Los que han encontrado en lo que hacen una forma de realizarse, una manera de contribuir con la colectividad, superarán el cansancio, vencerán la humana pereza y enriquecerán su existencia y la de los demás.

Toca a cada uno darle sentido a lo que hace; convertir su trabajo profesional en el taller, en la oficina, en el aula, en el campo, en todo el variado panorama productivo, algo que le da sentido a su vida y a la de los que le rodean.