Nosotros los de la generación de los baby boomers, los nacidos entre los años 1946-1964, vivimos en un estado constante mezcla de estupor y decepción por la forma de vida actual.

No fuimos un dechado de virtudes y muchos tuvimos vidas desordenadas, atravesamos la era psicodélica de los 70, fuimos testigos mudos de la guerra de Vietnam, pero nuestros padres nos educaron bajo un sistema de valores que regían el comportamiento en la vida, y de una u otra forma logramos adaptarnos a ellos y desarrollar vidas decentes.

Con tristeza ahora vemos que los valores que nos inculcaron son llamados tradicionales y son despreciados y considerados obsoletos porque existen otros denominados modernos que son los que rigen el comportamiento de las nuevas generaciones. El nuevo sistema de valores pone más énfasis en la calidad de vida, en las relaciones personales, en el individualismo, en la tolerancia sin límites, en la autoexpresión sin censura, y tiende a rechazar los valores tradicionales que han forjado nuestra nacionalidad y nuestra cultura: el trabajo, la vida en familia, la honradez, la educación, la libertad, el patriotismo, el respeto a los demás, la solidaridad, la paz y los valores religiosos.

Hay un franco deterioro en la convivencia humana. Demasiado desprecio por los sentimientos nobles y las formas de vida ligadas a la moral.

Los valores modernos intentan establecer normas de comportamiento, pero no lo logran porque sitúan al individuo, sus deseos, sus derechos, sus necesidades por encima de todo y es allí donde se pierde el concepto del bien común que deberían tener.

Por eso ahora se le rinde culto y son tendencias las formas de vida desvergonzadas, irreverentes, sin remordimientos de “famosos” nacionales e internacionales, quienes publicitan sus desórdenes sin recato en redes sociales y algunos medios de comunicación que les hacen eco, porque en alguna medida les genera ganancia para sus fines de promoción en esas vitrinas públicas.

Ellos no piensan en el ejemplo que dan a los más jóvenes, ni la vergüenza a la que someten a sus padres. Encuentran justificación a sus desmanes en la aprobación de sus congéneres que al igual que ellos ven en esos actos una demostración de rechazo a la autoridad. Viven para sí mismos y sus nuevos valores y los derechos humanos se los permiten. Todo es lícito y si alguien los recrimina o se manifiesta en contra es tildado de “hater”. Es la nueva y patética normalidad. Un réquiem a la decencia y buenos modales. El nuevo ser humano develado.