Modesto y humilde hasta la exageración, Samuel Villeda Arita fue durante la mayor parte de su vida un promotor cultural. Murió después de remontar los 81 años aquí en Tegucigalpa el 14 de septiembre pasado, causando entre sus amigos y admiradores una suerte de dolor nostálgico por el sentimiento de perder a un compatriota útil para el cual la cultura era la mejor forma de expresión. Porque, aunque ejerció funciones públicas, no le hizo mal a nadie. Laboró en el Ministerio del Trabajo con discreta eficiencia. Escribió versos y una novela que, por el tema –criticó los gobiernos militares de los años 70– causó mucho entusiasmo en Helen Umaña, quien, sin embargo, no le animó por el camino de la narrativa y más bien escogió la función más acorde con su personalidad de animador cultural. Y por ello, desde muchos años, creó la Asociación Literaria Hondureña, en la cual libró las batallas literarias más interesantes que un hombre solo ha realizado. Fomentó nuevos valores, abrió puertas a la colaboración nacional e internacional y vinculó a los intelectuales con su ciudad natal San Marcos de Ocotepeque y con los del resto del país. En una oportunidad me llevó hasta allá para darle colorido a los concursos que anualmente ponen en el mapa literario a una pequeña ciudad que antes de Samuel Villeda Arita y las familias Rodezno y Espinoza era solo un punto de referencia en el camino hacia la república de El Salvador.

Lo conocí muy brevemente en una fecha indeterminada del siglo pasado, pero nuestra amistad, que se consolidó y sobrevivió a las contingencias de la vida, incluso hasta después de su muerte, empezó cuando me invitó a la entrega de premios en los concursos convocados por la Asociación Literaria de Honduras y cuando me hizo miembro honorario de la misma. Pero se consolidó cuando, elegido presidente del Club Rotario Tegucigalpa Sur, le ofrecí albergue gratis a ASOLI en la sede de la Fundación Clementina Suárez. Cuando fui elegido presidente de esta, me lo encontré como director ejecutivo. Trabajamos durante varios años juntos, en los que, como es natural, por momentos tuvimos desacuerdos; sin embargo, su carácter de hombre tranquilo me ayudó a tomar decisiones sin dejar que mi estilo caribeño de ver las cosas me impidiera el ejercicio de la caballerosidad y la nobleza. Durante ese período nos acercamos mucho y nuestra confianza mutua se consolidó; pero, aunque efectuamos tareas importantes en favor de la Fundación Clementina Suárez, nunca conocí a su familia y tampoco supe dónde vivía. Por ello no he podido llamar a nadie para darle mis condolencias. Y, por el trajinar en que estaba involucrado en las tareas del Bicentenario de la Independencia, no pude concurrir a su sepelio –en San Marcos–, en donde me hubiera gustado despedirlo.

Una vez que dejé la Fundación Clementina Suárez seguimos en contacto, tanto Osman Zepeda, administrador de la Academia Hondureña de la Lengua, le ayudaba a validar sus cuentas y liquidaciones de los donativos que habíamos recibido, como yo continuamos cooperando. Nos saludábamos afectuosamente y conversábamos, con su tranquilidad habitual, sobre cómo habían cambiado las cosas en mi ausencia. Esos momentos los aprovechaba para desearle lo mejor y ofrecerle nuestro apoyo.

Con la muerte de Samuel Villeda Arita, Honduras pierde un buen hombre, un intelectual consagrado a la creatividad, manejo de las ideas y un animador cultural que efectuó singulares esfuerzos de cercanía de nuestras letras con las latinoamericanas, especialmente las de Argentina, en donde cultivó amistades y forjó alianzas. Ante su deceso, la pena de un amigo que se siente ahora, en su ausencia, más solo.

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