Hace 22 años conocí la ciudad de Roma por primera vez, era la Jornada Mundial de la juventud

(JMJ ) del año 2000, año jubilar en el que, un anciano y enfermo papa, Juan Pablo II, se reunió con más de dos millones de jóvenes en las afueras de la capital italiana, en la universidad de Torvergata, al ritmo del que ha sido calificado como el mejor himno de las JMJ, “Emanuelle”, compuesto por el gran Marco Frissina.

Tenía apenas 18 años y en mí algo cambió aquel verano, desde entonces he tenido la bendición de volver muchas veces, en grupo, en familia o en solitario, como laico y como sacerdote.

Siempre tiro una moneda en la Fontana di Trevi, para regresar, pues más que una vana superstición se trata de una tradición con la que cada turista le da una caricia a la Città Eterna para que ella le dé otra oportunidad de caminar por sus calles ancestrales y respirar ese aire milenario de libertad, santidad y melancolía.

Y es que Roma tiene un encanto especial, un ambiente que incluye ser el epicentro de la cristiandad con la ciudad Estado del Vaticano en pleno corazón de la urbe. Cada rincón cuenta una historia a través del mármol esculpido con destreza a lo largo del tiempo, transmite una alegría con color a nostalgia, con aroma a incienso, sabor a pasta, a pizza, a melón con prosciutto, y a Spritz. Todo esto junto al bullicio alocado de las vespas, minicoopers y los gritos histriónicos de los romanos al hablar, reír o cantar en plena calle, simplemente porque hoy es hoy, y que se funden en solo sonar con las aguas del Tevere.

Pero definitivamente Roma es la ciudad de mártires y santos como reza el himno del Papa, su infinidad de iglesias, es un memorial latente para la Europa secularizada, de que su “hoy” tiene como base la cristiandad del ayer, a la que ahora se quiere dejar en el olvido.

Y es que las tumbas de San Pedro y San Pablo gritan al mundo, como un anuncio profético, por medio de la majestuosidad de sus basílicas, recordando que el poder del infierno no prevalecerá sobre la Iglesia de Cristo, a pesar de profecías absurdas o anuncios apocalípticos. Por último, también es verdad que debido a la injusticia social de nuestros países, pocos somos los privilegiados que tenemos la oportunidad de peregrinar hasta esta hermosa ciudad que no solo es un museo al aire libre, sino que es el núcleo del catolicismo, por ello tenemos el deber de compartir con humildad y alegría aquellas experiencias vividas en Roma, que nos invita a comer, rezar, caminar y admirar la belleza de Dios y de la humanidad.