Me encontraba viendo una parte de la transmisión televisiva de la extradición del expresidente Juan Orlando Hernández. Una periodista decidió preguntar a la gente que se encontraba en las cercanías del aeropuerto cuál era su pensar y sentir sobre el momento reiteradamente calificado como “histórico”.

Uno de los entrevistados dijo algo muy sensato: “Me preocupa el país que nos queda”. No solamente comunicaban sus palabras, sino también su estampa: cargaba un niño –al parecer era su hijo- sobre los hombros. Desde allí, el pequeño contemplaba aquello, quizá sin darse cuenta de la magnitud de lo que presenciaba.

A las generaciones actuales nos preocupa mucho lo que estamos viviendo, por los que vienen detrás, a quienes debemos dejar un país en mejores condiciones del que tenemos.

Seguramente más allá de la historia de auge y decadencia de una figura que durante ocho años ocupó la Presidencia de la República, de las historias que lo acompañaron, está la de un país con enormes debilidades institucionales que favorecieron que todo ocurriera.

El ex-Presidente se fue, pero tras su salida queda un país en graves problemas, que debe lidiar con la recuperación de su propia estructura, de su autoestima y, sobre todo, de la confianza.

Si hay algo que ahora es aún más fuerte que antes es la enorme desconfianza hacia las personas, las instituciones y organizaciones de todo tipo. Quizá como nunca antes hay que buscar incansablemente la congruencia entre el ser y el hacer para retomar un poco de aquello que se ha perdido. Tomará su tiempo.

Las noticias en las que se nos cataloga como narcoestado han circulado a nivel internacional, y el asunto está en pleno desarrollo, muy por encima de cualquier otro que tenga lugar en esta tierra.

Como nunca antes para la sociedad hondureña, el comportamiento ético, la lucha anticorrupción, la transparencia y la rendición de cuentas han cobrado un valor enorme, el que debieron tener siempre.

Los valores fundamentales para la convivencia armónica, el bienestar común, el respeto y la inclusión serán ahora los temas a incorporar con fuerza y conjugar no solamente en discursos, sino esencialmente en la práctica.

Ningún cambio cultural se logra de la noche a la mañana. Es preciso realizar una serie de esfuerzos compartidos desde cada sector, con el compromiso firme de sacar al país adelante, haciendo a un lado intereses particulares mezquinos y diferencias ideológico-políticas.

Aunque esto último bien podría parecer un sueño, lo cierto es que son las propias condiciones actuales las que podrían acercarnos a ese anhelo. Hay muchos desafíos que enfrentar y el tiempo apremia.

La recuperación debe ser prioridad para todos, comenzando por la credibilidad, la confianza y la dignidad tan dañada. Al mismo tiempo habrá que abordar asuntos vitales para la vida nacional en áreas tan relevantes como la educación, la salud, el empleo, el acceso al agua y saneamiento básico, entre otros. A recuperarnos hoy, como una consigna de todos, porque mañana puede ser muy tarde.