A mi juicio, no debería pasar inadvertido lo que sucedió hace unos días atrás con una banda de música que, saliéndose de todos los cánones del decoro y la decencia, realizó la simulación de un acto sexual a la vista de todos los asistentes (niños incluidos) en el marco de la celebración de la Feria Juniana.

El propósito de este escrito no es atacar a la agrupación ni mucho menos denigrarla; ya ellos presentaron sus disculpas públicas. Más bien lo que se pretende es hacer ver que actos como esos son indicios reveladores del camino que estamos tomando como nación, síntomas de cómo nuestra sociedad se está afectando cada vez más con la enfermedad de la decadencia moral.

Todos sabemos de la enorme influencia que tiene la música sobre las personas, especialmente la gente joven.

Lamentablemente, las canciones más populares del momento están cargadas con un alto contenido sexual. Y si a esto le sumamos situaciones como las mencionadas al inicio de este escrito, ¿qué podremos esperar de las futuras generaciones?

Si les enseñamos que el sexo está al nivel de las necesidades básicas, que se debe satisfacer en el momento que queramos, cuándo queramos y con quién queramos, ¿qué cosecharemos como sociedad? Si los hombres aprenden que la mujer solo es un simple receptáculo de su deseo sexual desenfrenado, un objeto descartable cuando ya ha cumplido su función, que no es un ser humano que merece respeto, amor, cuidado y compromiso en una relación de intimidad, ¿adónde iremos a parar?

No soy profeta, pero creo que, si no tomamos cartas en este asunto, seguirán en alza los embarazos de adolescentes, la paternidad irresponsable, entre otras cosas más.

Dios le dio el regalo del sexo a los seres humanos, pero para que lo disfrutáramos dentro de la cerca protectora del matrimonio, con el objetivo sublime de reflejar la unión de espíritu, alma y cuerpo entre una pareja que se ama y está comprometida mutuamente. Salirse de este diseño solo traerá la ruina personal y social.