En una entrevista para el periódico argentino “El Clarín” de 2002, el escritor israelí Amos Oz afirmó que “en el actual Israel la historia se vive como experiencia personal (ya que aún) no es una nación, es una ruidosa colección de discusiones a gritos.

Somos seis millones de primeros ministros, seis millones de profetas, seis millones de Mesías, todo el mundo está gritando, nadie escucha”. A casi veinte años de esta afirmación y a más de 73 años de la proclamación del Estado de Israel, esta descripción bien pudiera ser aplicada en nuestro país. El día de ayer se ha conmemorado el Bicentenario de la Independencia, habernos convertido después de 200 años de historia en una “ruidosa colección de discusiones a gritos”, pudiera parecer la peor definición para Honduras, pero no una muy lejana si alguien nos juzgara a partir de las portadas de los periódicos o a la luz del circo en que la han sumido los “aficionados a la política”, pero somos en realidad, ¿somos una patria sorda que no es capaz de escuchar el grito ahogado de sus hijos?

“El Dios de la Biblia es un Dios que escucha y ha entrado en comunicación con los hombres hablándoles bajo modalidades diversas, la Biblia describe esa iniciativa de comunicación con la humanidad a través de la elección de Israel, Dios hizo oír su palabra, directamente, o sirviéndose de un portavoz”.

De aquí que la Sagrada Escritura sea en realidad la historia de un pueblo, pero releída, dialogada, interpretada, asumida, proclamada, transmitida y escrita para ser conocida y comprendida como historia de salvación, en la que Dios interviene salvando continuamente a la nación que había escogido.

Esta forma de ver la historia condicionó la identidad del pueblo de la Biblia, desde un sentimiento de pertenencia no solo religiosa sino histórico y cultural. Como era de esperarse debido a la “volatilidad” humana, esto no fue para nada estable o permanente, por lo que la elección de Israel fue solo preanuncio del pueblo definitivo, pues Jesús reunió en torno suyo a algunos de ellos y escogió a los doce apóstoles con la intención de congregar consigo al nuevo pueblo de Dios, del que forman parte hombres de toda raza, lengua y cultura.

Por fe creemos que el pueblo hondureño está inserto en este concurso de naciones cuya historia forma parte de la gran historia de la salvación universal. Por ello a pesar de las circunstancias históricas, si tomamos conciencia de ser pueblo de Dios, recordaremos que nuestra vocación nos urge a recuperar la identidad cristiana y humana que hemos perdido.

Hacerlo implica un esfuerzo personal y comunitario que rescate los valores y principios más profundos en los que se debe basar toda sociedad justa, que rompa el individualismo enfermo que ensordece el corazón y nos haga releer la historia personal y la del país con conciencia, gratitud, colectividad, empatía, solidaridad, valentía, pero sobre todo con fe y esperanza.

Sé que esta reflexión pudiera parecer idealista o ingenua, pero si te das cuenta a lo mejor no lo sea tanto, solo vasta que salgas a la calle y veas a las madres y padres que luchan cada día por sacar a sus hijos adelante, desde el humilde vendedor, pasando por el estudiante, el profesional de una oficina, el comerciante, el emprendedor ilusionado o el gran empresario, quienes con fe siguen creyendo que Honduras aún es tierra de promesas y lugar de cumplimiento, porque somos pueblo de Dios y nación santa.