Todos hemos tenido un diario abierto en nuestras manos, pero pocos conocemos el complejo proceso que tuvo que ocurrir para que esas páginas salieran a la luz con su abanico de informaciones. Desde que las enormes bobinas de papel se montan en las máquinas rotativas, hasta que el tabloide se arma para su distribución en horas de la madrugada del día siguiente, han pasado tantas fases que sería prolijo enumerar en esta columna.

Me refiero específicamente a la prensa impresa porque es en la que, como periodista, he tenido más experiencia, pero en los otros medios de comunicación, suceden similares articulaciones laborales para poner el producto informativo a disposición del público. Por celebrarse mañana el Día del Periodista quiero destacar el papel del comunicador en esta cadena de procedimientos que conlleva la elaboración de un rotativo, pero también como servidores de la sociedad.

Por la mañana cuando el reportero se reúne con su editor, debe presentar una agenda de ideas sobre noticias que podría extraer de sus fuentes informativas para investigarlas y luego redactar sus notas, sin descartar los acontecimientos imprevistos que podrían presentarse ese día.

Por la diversidad de eventos noticiosos que se dan a diario en el acontecer nacional e internacional el periodista puede estar hoy recabando datos en una reunión de funcionarios y al día siguiente con el agua a las rodillas dándole cobertura a los desastres de una inundación.

El reportero no tiene hora para iniciar ni terminar sus labores. Muchas veces se ha despertado de madrugada por algún acontecimiento trascendental como cuando se desató un incendio dentro del desaparecido Centro Penal Sampedrano el cual dejó un saldo de 107 muertos y más de 25 quemados de gravedad-

En cualquiera de los casos en los que le toque poner a prueba su capacidad de investigador e informador, el comunicador debe mantener la firme convicción de que sin ética y objetividad el periodismo puede convertirse en el más vil de los oficios en vez de ser una noble profesión. Dentro de la ética se encuentran unidas, de una manera muy íntima, la verdad y la libertad de expresión.

Como cualquier profesional, el periodista tiene derecho a incursionar en otros campos del quehacer humano, si esta actividad adicional no está reñida con el ejercicio ético de su oficio original. Si esto pudiese ocurrir, lo conveniente es que el comunicador deje de ejercer su profesión mientras se dedica a esos otros menesteres.

En campos como la política es difícil que el periodista mantenga la objetividad e imparcialidad si a la vez labora en un medio de comunicación por lo tanto es imperativo que renuncie al mismo por el bien de su prestigio profesional. Hay periódicos que tienen como norma no aceptar jamás que uno de sus periodistas haga campañas de ninguna índole. Una campaña a favor o en contra de un partido político es un accionar publicitario que pone en entredicho los objetivos y la identidad del informador.

Desde el joven reportero hasta quien dirige un periódico, deben ser centinelas de la verdad, dentro de la ética profesional, tomando en cuenta que perder credibilidad es lo peor que le puede suceder a un medio de comunicación y de manera particular a un comunicador social.