Michael Wilkins, profesor de Biblia y académico cristiano, cuenta que tuvo una niñez difícil. Fue criado por un padrastro que le hizo mucho daño tanto a él como a su familia. No solo era violento y abusador, sino que los abandonó cuando Wilkins comenzaba su adolescencia.

Debido a esto, las semillas del rencor y el odio encontraron tierra fértil en su corazón. Con el paso de los años, la hostilidad hacia su padrastro fue creciendo hasta volverse casi obsesiva.

Estando en la guerra de Vietnam prometió que, a su regreso, la primera vez que lo viera lo mataría, le haría pagar todo lo que le había hecho a su familia. Nunca imaginó que se convertiría en cristiano antes de cumplir su promesa.

Cuatro años después de haber terminado su servicio en la guerra, su padrastro apareció sorpresivamente en la puerta de su casa. Se le invitó a pasar. Estando sentados, platicando tranquilamente, Wilkins le dijo: “Cuando estaba en Vietnam prometí que la primera vez que te viera, te mataría. Y hoy es ese día”. El padrastro comenzó a sudar y su lenguaje corporal mostraba una terrible angustia. “Pero ahora sé”, siguió diciéndole, “que no soy mejor que tú.

Dios me ha perdonado. Y si él puede perdonar a un pecador como yo, también yo puedo perdonarte a ti”. El alivio en la cara de su interlocutor fue evidente.

El mismo Wilkins comenta que el juramento que hizo fue la precipitada e irresponsable reacción de un joven pecador profundamente herido y amargado. Pero al comprender y aceptar el perdón de Dios por medio del sacrificio de Jesús, quien murió en lugar nuestro, pagando por todos nuestros pecados, Wilkins adquirió la capacidad de perdonar.

Él descubrió que la clave del perdón no está en dejar de pensar en lo que otros nos han hecho a nosotros, sino en concentrar nuestra mirada en lo que Jesús ha hecho por nosotros. Solo una profunda gratitud a Dios por su misericordia y perdón nos impulsará a expresar ese mismo perdón y misericordia a aquellos que en otro tiempo odiamos.