Mañana cumple 36 años mi hijo mayor, y, cada vez que cumple años uno de mis hijos; son dos mujeres y cuatro varones, no puedo dejar de reflexionar sobre la enorme responsabilidad que contrae la paternidad, y de cómo, nos guste o no, queramos o no, por medio de ellos trascendemos, salimos de nosotros mismos y vamos al encuentro del mundo, de la geografía y de la historia, y, por lo mismo, debemos realizar la tarea lo mejor que podamos.

Ser padre o madre no es nada fácil. Primero porque el oficio se aprende en el ejercicio de la función. Hay, ahora más que hace algunos años, libros muy buenos que hablan sobre el tema y que nos ayudan a emprender el camino iluminados por luces que nos orientan, pero, no por eso el encuentro con la realidad deja de ser desafiante.

Cada hijo nace en una coyuntura diversa de nuestra existencia, ya por temas de edad, salud, situación laboral o económica distinta y, por lo mismo, no todos crecen en un entorno idéntico; aunque usen la misma cuna y se alimenten del mismo pecho. Además, cada mezcla genética difiere una de la otra, y aquello que son tan distintos como los dedos de la mano es una verdad contundente.

Luego, el contexto social y los avances tecnológicos se transforman tan vertiginosamente que, ahora más que nunca, más que nuestros, son hijos de los tiempos. Además, ese misterio que tanto incide en la conformación de la personalidad de un individuo, y que se llama libertad, nos lleva de sorpresa en sorpresa, unas agradables, otras no tanto.

Lo que siempre hay que tomar en cuenta, y nunca olvidar, es que tenemos para con ellos varias obligaciones: la primera, indiscutiblemente, es la de quererlos. El mejor abono para un desarrollo personal adecuado es el cariño. El que se sabe querido enfrenta la realidad de manera diversa al que crece en un clima de indiferencia o, peor aún, de rechazo. Saberse incondicionalmente acogido y aceptado llega a convertirse en una “ventaja competitiva” vital notabilísima.

La segunda obligación tiene que ver con el ejemplo que les damos. Más allá de nuestras naturales imperfecciones, debemos saber encarnar unos valores y practicar unas virtudes humanas que sirvan como marco de la convivencia familiar y que luego se conviertan en referencias inmediatas y permanentes a la hora de tomar decisiones y de comportarse en el nuevo hogar que se conforme, en el trabajo y en la vida ciudadana.

Así que, procuremos tener una conciencia cada vez más clara sobre el significado que siempre ha tenido y continúa teniendo ser padre o ser madre. Es importantísimo para la sociedad entera.