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Estamos en la última semana de un Gobierno oprobioso y enemigo de la patria: violador del Estado de derecho y alérgico a la transparencia. Cerramos una década gubernamental para el olvido, pero no ese olvido que otorga borrón y cuenta nueva alentando la impunidad, sino el olvido como algo que jamás debiese repetirse en las esferas estatales. Y por si el mal causado fuese poco, en los últimos estertores los altos funcionarios demandan ilegales prestaciones laborales millonarias que drenan aún más las pobrisimas arcas del tesoro nacional. Realmente que es parte de su naturaleza el latrocinio y el saqueo.

Que las nuevas autoridades que toman posesión en los próximos días tomen lección de cómo se destruye una nación, tienen espejo para no repetir los mismos resabios que hicieron caer desde el pináculo a quienes se creían intocables y amos feudales de la patria, incluyendo a sus adláteres. El pueblo tiene los ojos muy abiertos y con conciencia ciudadana; si volvemos a los gravísimos señalamientos desde las cortes internacionales deshonrando la república, si se roban miles de millones del Seguro Social, si vuelven a drenar como los pandoros los recursos públicos, si compran de nuevo latas móviles con fraude agravado, si ponen más atención en las botas que en los niños de las escuelas y en los hospitales, entonces también se les pasará la factura en las urnas. Por el bien de Honduras asuman responsabilidad con honestidad y probidad en el manejo de los recursos, ya mucho sufrió el pueblo hondureño en la década del oscurantismo y de la galopante corrupción; no es justo ni moral los salarios en las nubes de funcionarios y a su vez niños pidiendo en las calles con el estómago vacío. Que la década oprobiosa que culmina sea una enseñanza para las instituciones políticas, para la ciudadanía y para el Estado hondureño: es tiempo de que la ética sea la invitada de honor en los salones de Gobierno, es tiempo que la justicia y el derecho se abracen trayendo un nuevo tiempo de esperanza.