Acaba de fallecer en Tegucigalpa, Manlio Martínez Cantor. La muerte lo encontró en avanzada edad, después de poner sus capacidades de servicio para que Honduras encontrara las vías para desarrollarse.

Siguiendo a Ortega y Gasset, Manlio Martínez, siempre supo que a él – y en general a todos los que buscamos soluciones a los problemas nacionales — se le juzgaría, no tanto por lo que hizo, sino por lo que aspiró. Al fin y al cabo, cada hombre hace sobre la tierra lo que puede. Lo que aspira es mucho mayor, por ello se le debe juzgar por esto último. En el caso de Manlio Martínez, sus aspiraciones fueron altas, sus ilusiones grandiosas y sus pensamientos invalorables.

Por ello su muerte crea un vacío, en que las nuevas generaciones tienen que dedicarse a encontrar en las venas de esta tierra generosa, como lo hiciera él, las líneas maestras para romper las amarras que impiden su desarrollo e identificar las rutas que movilicen las fuerzas modernas que cambien las cosas y pongan a Honduras en la ruta que se merece.

Lo conocí en 1965 en la Universidad de Columbia en Nueva York. Cursaba estudios de especialización en economía. Yo formaba parte de un grupo de universitarios que el Departamento de Estado creía que tendríamos alguna significación futura en el desarrollo de Honduras y en la consolidación democrática. La entrevista, muy breve y poco personalizada. Un verdadero orgullo. Cuando se lo recordé, Manlio Martínez no recordaba el encuentro, porque fue muy poco importante para él, le dije riéndome.

Algunos años después, fuimos compañeros en el gabinete de Rafael Leonardo Callejas. Manlio Martínez mantuvo ideas básicas que debíamos imponerle al curso del gobierno. Y las que yo compartía. Que, además, respaldaba en las reuniones de trabajo.

La primera de sus ideas era que el sector agropecuario, no debía ser abordado desde un espacio homogéneo, sino como varias parcelas, con características diferenciadas.

Me convenció que necesitábamos entender que había una agricultura de subsistencia, otra en proceso de vinculación al mercado, con atisbos comerciales; y una última, moderna y capitalista.

Establecidas las diferencias, no podían – y tampoco se puede ahora – atendérselas con una estrategia global, sino con tres, diferenciadas.

Estas tesis no fueron apoyadas por el resto del gabinete que sucumbió a las estrategias de AID que, no solo frenaba el área que accionaba en los primeros espacios comerciales, sino que, además, desatendía a los productores de subsistencia y estimulaba a los que habían incursionado en forma organizada en la producción agrícola, que vendieran sus tierras.

Cuando Callejas aceptó la Ley de Modernización Agrícola, él como yo, entendimos que nada se podía hacer. Yo renuncié en septiembre de 1989 y Manlio Martínez dejó el gabinete tres meses después.

Fuera del gobierno, Manlio se consagró a la academia. Enseñó en la Unah y escribió sus tesis sobre el desarrollo de Honduras en libros que nos dejó para que las nuevas generaciones reflexionen y les den continuidad a los esfuerzos para dar con los mecanismos para vencer el atraso hondureño y darles a los pobres, la cuota de esperanza para que no se rindan y se abstengan de ayudar a los Estados Unidos en su desarrollo. Porque él, siempre supo que había que atender a los productores de ladera, frenar el crecimiento de las ciudades y atemperar la expansión del sector informal de la economía.

Aunque, con menor frecuencia, nos vimos y compartimos, ideas y sueños, su muerte nos ha llenado de pena a sus amigos y admiradores. Porque fue un hombre de enorme talento y de gran afecto, por su patria y sus compatriotas.

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