He tenido la bendición de visitar el santuario de Nuestra Señora de Lourdes en Francia, lo que he vivido allí es una experiencia difícil de describir con palabras, pero si tuviera que escoger algunas serían: paz, alegría y consuelo. Ubicado en el pequeño pueblo de Lourdes, departamento de Altos Pirineos, en el suroeste francés, es uno de los complejos marianos más grandes y hermosos del mundo.

Con 52 hectáreas de extensión, recibe más de 6 millones de peregrinos cada año. Su origen se remonta al año 1858, cuando entre el 11 de febrero y el 16 de julio, la Virgen María se apareció en 18 ocasiones a la niña Bernadette Soubirous en la gruta de Massabielle, sobre la cual se construyó el santuario de la Inmaculada Concepción, pues la madre se presentó con estas palabras: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Este lugar, mejor conocido como la gruta de las apariciones, junto al río Gave de Pau, es de donde surge el manantial a cuyas aguas, desde hace años, se le han atribuido propiedades curativas y que se conduce por unos canales hacia unos depósitos para alimentar los diferentes grifos y piscinas, de donde los fieles la recogen con fe, y esta es precisamente la clave. Santa Bernadette afirmaba: “Esta agua es considerada como un medicamento... pero tienes que guardar la fe y orar: ¡esta agua no podría hacer nada sin fe!”. Porque lo que más impresiona en Lourdes es la fe con la que muchos enfermos acuden a este lugar, el amor con que rezan, la esperanza con la que caminan hasta la gruta y la devoción y el amor con que acuden al encuentro de Dios de la mano de la madre que les da consuelo, aceptación, paz, alegría y deseos de vivir. Al día de hoy, existen innumerables milagros que están vinculados al uso del agua luego de ocurridas las apariciones de la Virgen María, y la Iglesia respalda su uso, pues Dios cura a través de los elementos naturales y los sacramentos, con la ayuda de la Virgen María y la oración de los cristianos.

Las apariciones y manifestaciones marianas han sido parte de la vida de la Iglesia casi desde sus inicios, la advocación más antigua de la que se tiene noticias es la de Nuestra Señora del Pilar, en el siglo I d. C., cuya fiesta es el 12 de octubre.

La palabra “advocación” viene del verbo latino “advocare”, que significa llamar o invocar. Hace referencia a la invocación y al mismo tiempo al hecho de dirigirse a la Madre bajo algún título o nombre. La devoción mariana no es idolátrica ni tampoco rivaliza con el monoteísmo cristiano, pues para los católicos María no es una “diosa”, sino la madre de Dios, no es creadora, sino criatura, no realiza milagros, pero intercede por ellos, como bien lo afirma la Escritura en Jn 2: 1-11. El lema del santuario de Lourdes resume bien la comprensión de la devoción a la santísima virgen, “A Jesús por María”, y es que María con Cristo es todo y sin Cristo es nada.

La Madre sabe su lugar, por eso utiliza el amor que le profesan sus hijos para repetirnos en el corazón “hagan lo que Él les diga”. Este ha sido su mensaje para la humanidad a lo largo de los siglos, su papel intercesor también se combina, en cada aparición, con el de ser profetisa del cielo en la tierra, llamándonos una y otra vez a la conversión, antes de que sea demasiado tarde, pues como buena madre no se cansa nunca de advertir y aconsejar, aunque el hijo no quiera escuchar, porque su corazón jamás deja de esperar.