Fernando Negro, hablando sobre la muerte, dice: Solemos referirnos a la vida en términos de camino, itinerario o proceso en el que el trazado del mismo son nuestros propios pasos, inevitablemente surcados de dificultades, sufrimientos y crisis. Y mientras caminamos y ascendemos nos damos cuenta de que el verdadero progreso se da hacia adentro. Y así vamos aprendiendo que hemos de ir ligeros de equipaje.

Será por esto que Cristo, cuando envía a los discípulos les pide que no lleven muchas cosas por el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas. Si somos conscientes de que solo hay una cosa importante y esa es el amor, entonces aprendemos que lo que nos hace inmortales es precisamente el amor.

La oración, ese contacto profundo de mi yo profundo con aquel a quien amo porque me ha creado y me ha salvado en Jesucristo, es quien mejor expresa la realidad de lo esencial que al final queda reflejado con la imagen del humo del incienso que sube a la presencia de Dios: “Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia, como mirra el alzar de mis manos”.

Los indios navajos lo veían tan claro, que daban a sus hombres y mujeres ese nombre nuevo, el verdadero, el que realmente decía su verdad cuando morían. Así queda claro que el verdadero nacimiento a la vida en plenitud se da cuando morimos.

Necesitamos visualizar concretamente lo que la fe nos dicta: que no todo acaba con la muerte, sino que hay un mundo aún más bello que nos aguarda y al cual nos dirigimos con ansias de eternidad. “Pues la fe de los que en Ti creemos, Señor, no termina. Se transforma y al desaparecer nuestra naturaleza mortal adquirimos una nueva mansión en el cielo por Cristo nuestro Señor”.

Nadie pudo contra la vida y nadie podrá nunca contra la vida. El aliado número uno de la vida es Dios mismo, que se ha encarnado, se ha aliado de tal manera con lo nuestro que ya para siempre podemos decir que lo suyo es mío y lo mío es suyo.