Aquel video al que pude acceder a través de las redes sociales me brindó una gran oportunidad para acercarme un poco a otra visión de la realidad ajena para mí, pero muy válida en la medida en que se trataba de una experiencia de vida.

La protagonista hablaba con mucha claridad, sin temor a compartir los retos superados, su visión, sus anhelos. Se trataba de una persona singular, no por ser una mujer trans, sino por su resiliencia y sus ideas.

En unos minutos me hizo comprender con más claridad los efectos de la discriminación en las personas LGTBI, que laceran sus derechos humanos más básicos: el reconocimiento de su dignidad humana, la salud, la educación, el trabajo decente y la vida misma. Eso es clave para quienes trabajamos por el desarrollo sostenible, desde diversas perspectivas.

“El día que tu faltes van a hablar de ti porque dejaste un legado y esa es una de las cosas más lindas que todos buscamos en esta vida” decía, para luego agregar “amar y ser amada por lo que eres”.

El video tenía como protagonista a Thalía Rodríguez, activista trans, que la semana pasada fue asesinada en Tegucigalpa.

No la conocí, pero recibí la noticia de su muerte con mucho pesar porque en aquella breve entrevista me hizo abrir un poco más la mente y el corazón para actuar de forma más empática con las personas que consideramos “diferentes”, sin tomar en cuenta que estamos hechos de la misma materia prima.

Pensé en los sueños que ella compartió a través de aquella entrevista. Estaba muy contenta por ser dueña de su pulpería, por su hogar en una zona compleja de la capital, por tener una mascota que visiblemente era parte de sus grandes afectos. Era una persona, con sueños y anhelos que fueron arrebatados.

Es deber del Estado proteger los derechos humanos de sus ciudadanos y prevenir los abusos. Es responsabilidad de la sociedad respetar esos derechos. Pero en Honduras, los asuntos relacionados con derechos humanos son una materia pendiente, que muchas veces parece invisible, no solo en el caso de la comunidad LGTBI, sino en muchos otros.

No se trata solamente de la estructura del Estado, sino también de una sociedad que suele ser excluyente y permisiva, cuando se trata de justificar atropellos y crímenes.

Muchas veces se irrespeta a la víctima, culpándola por lo sucedido. Con frases como “quién sabe en qué andaba”, “seguro se lo buscó”, vamos construyendo un muro que divide entre ellos y nosotros, sin el más mínimo asomo de respeto, mucho menos empatía y caridad.

Es tarea difícil combatir no solamente los sesgos conscientes, sino de forma especial los prejuicios inconscientes, transmitidos a través de frases hechas, de chistes y de burla constante.

No se trata de asimilar o compartir una forma de vida, sino de respetar el derecho que tiene cada uno de seguir su propio camino, sin lastimar, sin ofender... sin eliminar.

Las diferencias que reconocí en aquella mujer trans no deben ser motivo de rechazo, sino de acercamiento hacia una realidad: todos somos personas y merecemos que se respeten nuestros derechos.

Me encuentro en una situación quizás muy ajena a la que vivió aquella mujer del video. Tengo una vida que podría considerarse muy tradicional, con esposo, hijos y mascota. Creo en Dios, en el enorme poder de su misericordia y su amor para todos, sin excepciones, precisamente por ello desde el fondo de mi corazón deseo que Thalía Rodríguez pueda descansar en paz.

Que el deseo de luchar por el bien común, por quienes son discriminados, permanezca y logre inspirar a quienes desde su comunidad y fuera de ella –como es mi caso- creemos en el respeto a la vida, en toda su complejidad.