Es interesante notar que en la Biblia la responsabilidad de gobernar se compara al cuidado pastoril. Para Dios, los líderes nacionales debían verse como pastores del pueblo a su cargo (2 Samuel 5:2). Jesús indica en Juan 10 que el buen líder es como aquel pastor que cuida sus ovejas con esmero y hasta está dispuesto a sacrificarse por el bien de ellas. El mal líder, por otro lado, es como un asalariado (pastor contratado), aquel que a la primera señal de peligro o de problemas sale corriendo, dejando a las ovejas indefensas puesto que no le importan, no son suyas. El mal líder también es el ladrón. Aquel que, en vez de cuidar las ovejas, más bien hace negocio con ellas.

El reformador Juan Calvino afirmaba que todo gobernante o servidor público tiene la posibilidad de desarrollar una labor sublime al trabajar por el bien común y dirigir al pueblo en la equidad y la justicia más verdaderas. O bien puede inflarse en su propia importancia y mancillar su honorable cargo al grado de aprovecharse de la gente que está llamado a atender. ¿Por cuál de estos modelos se decantarán las próximas autoridades gubernamentales?

Al pueblo se le recuerda que no debe divinizar a los políticos ni desvivirse por ellos. La ciudadanía no está para seguir ciegamente a determinado dirigente, sino para evaluarlo, fiscalizarlo y exigirle que cumpla con su responsabilidad. La historia nos ha enseñado en sobradas ocasiones que los grandes cambios sociales nunca (o casi nunca) vienen desde arriba, sino desde el mismo pueblo que de manera organizada logra transformar aquellas estructuras que atentan contra la dignidad y los derechos de las personas. Un ciudadano “enamorado” de un color político corre el peligro de perder la objetividad en su análisis de la realidad y de convertirse en un títere de los poderosos de turno.

A los servidores públicos recién electos se les recuerda que son súbditos de Dios y a Él le rendirán cuentas tarde o temprano. Y ¡ay de aquellos que hayan sido irresponsables y que no fueron pastores de su gente!