Esta sola palabra, sin el título de honor ni el cargo que le confirió el Vaticano, identifica popularmente al religioso tranquilo que por 27 años ha pastoreado a la feligresía de San Pedro Sula con ferviente devoción y entrega. Una vez que monseñor Ángel Garachana Pérez sea sustituido por un nuevo obispo este año, comenzará una nueva etapa para la diócesis sampedrana en la que él continuará como obispo vitalicio sin responsabilidades directas.

Los feligreses lo han visto empuñando la cruz de la redención en los oficios religiosos, pero no lo vieron manejando el azadón y el hacha cuando iba a los retiros espirituales y evocaba su infancia en el pueblito de Barbadillo de Herreros en donde aprendió a usar tales herramientas. Fue un niño montañés que se crio en el seno de una familia labradora, por eso conoce desde pequeño lo que es el trabajo rudo de la campiña.

Por supuesto, que en su oficina del obispado no podía demostrar sus habilidades de labrador, pero sí jugaba, en sus escasos ratos libres, a la pelota vasca, un deporte que practicó en forma profesional cuando fue seminarista. Con sus hermanos, allá en España, también hacía labores de casa, como barrer el portal de tierra o pastorear las ovejas, imaginando que un día se convertiría en pastor de almas, pues su sueño era ser sacerdote misionero.

Aunque monseñor Garachana se define como un hombre tranquilo y pacífico, admite que también tiene sus momentos de enojo. Lo que más le molesta es la irresponsabilidad de mucha gente, incluso, se disgusta consigo mismo cuando las cosas no le salen como deberían salir, según nos confesó en cierta ocasión que accedió a hablar de su vida fuera de la iglesia.

Su verbo transparente y conciliador se vuelve, en ocasiones fustigante contra los causantes de problemas que azotan al pueblo como el narcotráfico, la corrupción, la impunidad y otros males que han provocado la migración de miles de hondureños movidos por la esperanza de una vida mejor. En su última homilía calificó de indignante y dolorosa la tragedia de Texas en la que 14 compatriotas y otros cuarenta migrantes, cuyas vidas “no cuentan” para los gobiernos, murieron asfixiados dentro de un remolque.

En representación de la Conferencia Episcopal que presidió en los últimos años, llamó a la clase política y las fuerzas vivas a trabajar por un proceso de transformación del país que tenga como norte el bien común y la ansiada paz. Está convencido que evangelizar no solamente es anunciar y promover la doctrina del nazareno sino, como consecuencia lógica, denunciar todo lo que niega la vida y obstaculiza el desarrollo personal y de la sociedad en general.

Hoy que está por retirarse ha dicho que su deseo es morir en Honduras “si Dios así lo quiere”. Entretanto, nosotros anhelamos que su legado de amor al pueblo viva en una Iglesia combativa como también en el Estado seglar.